En ese instante se oyó detrás de ella un fuerte estruendo: de la repisa superior cayó una olla pesada y, con un sonido metálico, rodó por el suelo de baldosas. Las chicas la observaban. Siempre. Estudiaban sus reacciones. Esperaban miedo, gritos o una huida.
—Cuidado, está resbaloso —dijo Nora con calma, sin darse la vuelta bruscamente.
Hazel entrecerró los ojos. No esperaba eso. Ninguna explosión. Ninguna amenaza. Solo calma.
—¿De verdad no nos tienes miedo? —preguntó con dureza.
Nora se enderezó despacio y la miró directamente a los ojos. No desde arriba. No con lástima. Solo firme y presente.
—Solo tengo miedo de una cosa —respondió en voz baja—: de que los niños crean que se han quedado solos para todo.
En la casa reinó el silencio. Incluso las gemelas dejaron de reír nerviosamente.
Esa noche Nora no se fue. Nadie se lo pidió. Simplemente se quedó. Continuó limpiando. Sin sermones. Sin reproches. Lavó los pisos, recogió la ropa tirada, limpió con cuidado las pinturas secas de las paredes. Cuando encontró a June acurrucada en el baño, empapada y temblando, sin decir una palabra le llevó un pijama limpio y una toalla caliente.
—No le diré nada a papá —susurró—. Lo prometo.
June alzó la vista hacia ella. En sus ojos no había ligereza infantil. Solo vergüenza y rabia contenida.
—Todas se van —murmuró—. Lo hacemos a propósito.
—Lo sé —asintió Nora—. A veces el dolor sale de la peor manera.
Jonathan no durmió esa noche. Se sentó en su despacho y esperó. Otro estallido. Otro fracaso. Otra llamada. Pero la casa permaneció extrañamente tranquila.
Por la mañana entró en la cocina y se quedó paralizado.
Las seis chicas estaban sentadas a la mesa. Delante de ellas había un desayuno de verdad. No cajas de reparto. No plástico. Comida casera. Nora estaba junto a la estufa.
—Para Lena hice gachas sin leche —dijo con calma—. Su esposa anotó que es alérgica.
Jonathan palideció.
—¿Cómo lo sabía?
—Había una lista —respondió sencillamente—. En el refrigerador. Todavía está ahí. Solo que ya nadie la miraba.
Hazel comía en silencio. Sin provocaciones. Sin desafío.
—¿Te quedarás aquí? —preguntó de pronto.
Nora la miró, luego a las otras chicas, que contenían la respiración.
—No puedo prometer para siempre —dijo con honestidad—. Pero hoy, sí.
Pasó un día. Luego otro. Y después toda una semana.
Nora no intentó reemplazar a la madre. Se convirtió en otra cosa: un apoyo. Estableció rituales sencillos. Noches tranquilas. Limpieza compartida, no como castigo, sino como una forma de recuperar el control. Permitió la ira, pero no la destrucción. Las lágrimas, pero no la crueldad.
Un día Hazel estalló. Agarró un jarrón y lo lanzó contra la pared. El vidrio se hizo añicos por todo el salón.
—¡Vete! —gritó—. ¡De todas formas te irás como todas las demás!

Nora se arrodilló y empezó a recoger los fragmentos.
—Entonces grita —dijo con calma—. Yo igual limpiaré aquí.
Hazel se derrumbó. No actuando. De verdad.
Más tarde Jonathan encontró a Nora en el jardín.
—No lo entiendo —confesó—. Pagamos a las mejores agencias. A especialistas. ¿Por qué funciona contigo?
Nora miró hacia la casa. Seis siluetas estaban de pie junto a la ventana, muy juntas.
—Porque no son malas —respondió en voz baja—. Solo están de luto. Y con el luto no se puede luchar con órdenes.
Al cabo de un mes la casa era irreconocible. Paredes limpias. Jardín cuidado. Las chicas volvían a reír. Con cautela, pero de verdad.
Oficialmente Nora seguía siendo solo la limpiadora. Pero por las tardes ayudaba con los deberes. Y por la noche, a veces, se sentaba junto a la cama de Lena cuando regresaban las pesadillas.
A los dos meses Jonathan le ofreció un contrato de verdad. Un sueldo con el que nunca se habría atrevido a soñar.
—Salvaste a mi familia —dijo—. Ni siquiera sé cómo llamarte.
Nora sonrió levemente.
—Yo solo no me fui.
Treinta y siete niñeras se fueron porque lucharon contra el caos.
Una mujer se quedó, porque vio el dolor.
Y eso bastó para que una casa llena de miedo volviera a ser un hogar.