Todos los días, exactamente a las diez de la mañana, la misma mujer entraba en una pequeña carnicería. Era menuda, encorvada, vestida con un abrigo viejo, y empujaba delante de sí un carrito gastado con ruedas.
—Como siempre. Cuarenta kilos de carne de res —decía en voz baja, entregando billetes cuidadosamente doblados.
Al principio, el joven carnicero no le dio importancia. Pensó que la mujer tenía una familia numerosa. Tal vez cocinaba para un restaurante. Pero cuando la compra se repitió día tras día, semana tras semana, empezó a inquietarse. Cuarenta kilos de carne al día no era normal.
La mujer casi no hablaba, nunca lo miraba a los ojos. Tomaba los paquetes de carne, los cargaba en el carrito y se iba en silencio. Tras ella quedaba un olor extraño: una mezcla de hierro, frío y algo difícil de describir, opresivo.
En el mercado se difundieron rápidamente los rumores.
—Alimenta a perros.
—Tiene un comedor secreto.
—O está loca.
El carnicero intentó ignorar los chismes, pero la curiosidad terminó por vencer. Una noche decidió seguirla.
La mujer caminaba despacio, pero con paso firme. Cruzó las afueras de la ciudad, pasó junto a garajes abandonados y llegó a un antiguo complejo industrial que llevaba años cerrado. Entró y desapareció. Veinte minutos después salió: el carrito estaba vacío.

Al tercer día reunió valor y entró tras ella.
En el interior hacía frío y reinaba el silencio, interrumpido por sonidos apagados. Cuando asomó a la antigua nave de producción, el corazón se le detuvo.
Dentro había personas. Decenas de personas. Hombres y mujeres exhaustos, jóvenes y ancianos. Algunos yacían en el suelo de hormigón, otros estaban envueltos en mantas. Pero todos sostenían platos con comida en las manos.
En el centro estaba ella. La pensionista. Sin abrigo, con un suéter de lana y un pañuelo en la cabeza. Repartía la carne. Ya cocinada. Caliente.
—Despacio… habrá para todos… —decía con calma.
Entonces lo comprendió. No era ninguna actividad ilegal. Era un refugio. Personas sin hogar. Aquellos a quienes la ciudad había borrado de su conciencia.
Cuando la mujer lo vio, no se asustó.
—Sabía que algún día alguien me seguiría —dijo en voz baja.
Le contó su historia. Años atrás, su hijo —ingeniero de esa fábrica— perdió el trabajo. Poco después, se quitó la vida. Ella se quedó sola. Y allí, en el lugar donde él había trabajado, encontró a otras personas perdidas.
—No puedo devolver a mi hijo —dijo—. Pero puedo evitar que mueran otros.
El carnicero se fue conmocionado.
Y aun así… llamó a la policía.
Cuando llegó la patrulla, la mujer estaba esperando. Tranquila. Preparada.
Pero en lugar de arrestos, llegaron los servicios sociales, médicos y voluntarios.
La historia llegó a los medios. La ciudad guardó silencio, avergonzada.
¿Y el carnicero?
Al día siguiente cerró la tienda.
Al tercero colgó un cartel:
“Cada noche, comida caliente gratis para quienes no tienen adónde ir.”
A veces, los secretos más aterradores no son los crímenes,
sino la indiferencia con la que miramos hacia otro lado.