Corrí tras Baxter como si hubiera dejado de sentir mi propio cuerpo.

No sentía el frío ni el cansancio, solo el aire cortante que me desgarraba los pulmones. No podía detenerme. En mi cabeza resonaba una sola pregunta: ¿de dónde había sacado algo que pertenecía a Lily?

Baxter se dirigía hacia un parque abandonado en el borde del barrio. Al lugar donde a Lily tanto le gustaba ir a dibujar. Allí había un viejo puente de madera, algunos bancos desconchados y un alto arce bajo el cual solía sentarse con el cuaderno apoyado en las rodillas.

Una vez, justo allí, alzó la vista hacia mí y dijo en voz baja:
—Mamá, incluso si algún día no estoy, igual me encontrarás.

Entonces la abracé y le pedí que no dijera cosas así.

Ahora esas palabras me desgarraban el corazón.

El perro se detuvo de repente. Dejó en el suelo un suéter amarillo brillante y empezó a escarbar con furia en la tierra húmeda. Di unos pasos más y vi algo que me dejó sin aliento.

De la tierra sobresalía la esquina de una mochila. Pequeña, azul, con una estrella amarilla cosida.

La mochila de mi hija.

Las piernas me fallaron. Me arrodillé en el suelo y las manos me temblaban tanto que apenas podía abrir la cremallera. Dentro estaba su cuaderno de dibujos. Las páginas estaban húmedas, pero los dibujos seguían siendo legibles. Nuestra casa. Nosotros tres: Lily, su padre y yo. Todos sonriendo.

Encima del dibujo, con letra infantil, estaba escrito:
“Cuando no esté aquí, seguiré estando contigo”.

En ese momento, el mundo se detuvo.

No lloré. No grité. Solo me quedé sentada allí, mientras Baxter se acercaba en silencio y apoyaba la cabeza en mi hombro. Él lo sabía. Lo sabía desde el principio.

Más tarde la policía nos informó de que, después del accidente, alguien había recogido los objetos personales del arcén. Nunca los entregó. Nunca se puso en contacto con nadie. Pero Baxter sentía el olor de Lily. La buscó cada día. Incluso mucho después de que nos despidiéramos de ella.

Esa noche, por primera vez en semanas, abrí la puerta de su habitación. Todo estaba exactamente como lo había dejado. Tomé de la estantería otro suéter —igual al que habían encontrado— y lo apreté contra mí. Y entonces comprendí que el dolor no desaparece. Solo se transforma.

Un mes después regresé al parque. En el arce colgué una pequeña placa de madera con la inscripción:
“Aquí dibujaba una niña que amaba la vida”.

Baxter todavía hoy se para cada mañana junto a la puerta y mira en dirección a la carretera. A veces gime en silencio. Ya no lo detengo.

Porque ahora lo sé:
algunas almas nunca se van del todo.
Solo se quedan de otra manera.

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