A menudo se dice que el dinero abre todas las puertas. Sin embargo, hay algo que ni la mayor fortuna del mundo puede comprar: una sonrisa humana genuina. Ramiro Ferrer, uno de los hombres más ricos del país, lo sabía mejor que nadie.
Desde la muerte de su esposa Isabel, Ramiro sobrevivía, no vivía. Su mansión parecía un palacio: suelos de mármol, techos altos, ventanales de
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