La miraba y tenía la sensación de que frente a mí estaba una persona extraña. No aquella niña a la que llevaba de la mano a la escuela.
Asintió. Despacio. Con firmeza. Con una calma inquietante para una chica de dieciocho años.
—La casa es mía —dijo con frialdad—. Según la ley. Tú lo arreglaste así. Siempre decías que querías que estuviera a salvo. Pues ahora lo estoy.
Las piernas me fallaron. En mi mente se agolparon los recuerdos: las firmas en los documentos, el abogado tranquilizándome con que era “la mejor solución”, la frase “por si me pasara algo”. Nunca pensé en mí. Pensé solo en ella.
—¿Quién te metió esto en la cabeza? —pregunté—. ¿Quién te dijo que se puede borrar a una persona de la vida así, sin más?
Apartó la mirada.
—Nunca fuiste mi verdadera madre —respondió tras una breve pausa—. Eso siempre lo supiste.
Esas palabras dolieron más que una bofetada. Trece años la crié. Renuncié a relaciones, a sueños, a una carrera. No me mudé porque tenía miedo de cambiar de escuela. Viví con su miedo, su dolor, su futuro. Y ahora no era nada.
—Te amé —susurré—. Y todavía te amo.
Ella solo se encogió de hombros.
—El amor no es motivo para aferrarse a una propiedad ajena.

Esa noche no dormí. Caminé por la casa que consideraba mía, tocando las paredes, las estanterías, las fotografías. Nosotras dos junto al mar. Su primer día de escuela. Un dibujo infantil con la inscripción torcida: “para mamá”. Metía mis cosas en una vieja maleta y poco a poco lo entendía: no estaba perdiendo solo un techo. Estaba perdiendo toda una vida.
Por la mañana ya me esperaba en la puerta. Fría. Preparada. Adulta.
—He contactado con un abogado —me anunció—. Todo se hará de manera civilizada.
Civilizada. Así se llama hoy a la traición cuando lleva sello y firma.
Me fui sin discutir. Sin gritar. Porque si empezaba a hablar, ya no me habría detenido.
Pasaron los meses. Primero viví en casa de una amiga, luego en una pequeña habitación alquilada. Trabajaba en dos turnos. A veces me despertaba de noche con la sensación de oír sus pasos. No llamé. No escribí. Sabía que no lo quería.
Y entonces sonó el teléfono.
Lloraba. De verdad. Con una voz desesperada, rota.
—Tengo miedo —sollozaba—. Lo he destruido todo. A ellos solo les importaba la casa. El dinero. En cuanto todo estuvo a su nombre, dejé de ser importante.
Cerré los ojos. El mundo se detuvo por un instante.
—¿Podrías…? —se interrumpió—. ¿Podrías venir?
Guardé silencio mucho tiempo. Demasiado.
—Iré —dije al final—. Pero no porque deba. Iré porque sigo siendo una persona.
Cuando volví a entrar en aquella casa, parecía vacía. Extraña. Igual que ella: con la mirada apagada, la seguridad hecha pedazos, por primera vez en su vida realmente sola.
No la abracé enseguida. Solo me quedé allí, mirándola.
A veces el amor no significa salvar.
A veces es la decisión de quedarse, incluso cuando ya te borraron una vez.
Pero hay heridas que nunca se cierran del todo.
Ni siquiera cuando vuelves a abrir la puerta.