Una estudiante pobre se casó con un anciano de 60 años. Pero en la noche de bodas él le dijo algo que le heló la sangre en las venas.

Karina nunca pudo imaginar que su vida tomaría un rumbo así. Soñaba con la libertad, con su propio futuro, con estudiar y hacer una carrera. Pero la dura realidad fue distinta. Sus padres, cansados de la pobreza, vieron en un hombre mayor y rico una oportunidad para salvar a toda la familia. Y por esa ilusión de estabilidad sacrificaron la felicidad de su hija.

Aleksandr Petrovich, un viudo de sesenta años con modales aristocráticos y fríos ojos grises, lucía imponente en la boda. Su traje caro, su postura erguida y sus movimientos seguros lo convertían en un hombre acostumbrado a obtener todo lo que deseaba. Para los invitados era el esposo perfecto. Pero solo Karina sabía que detrás de su sonrisa forzada se escondían el dolor y una silenciosa rebeldía.

La boda como un teatro

La celebración fue ostentosa: música, risas, brindis interminables. Sus padres irradiaban orgullo, como si aquella boda fuera el mayor logro de sus vidas. Los invitados felicitaban y admiraban, sin sospechar que la sonrisa de la novia no era más que una máscara. Cada mirada suya, cada paso, estaba lleno de tristeza. Se sentía como una marioneta expuesta al público, vendida en un acuerdo entre sus padres y Aleksandr Petrovich.

Cuando él notó su frialdad, el novio se inclinó hacia ella y le susurró:
—Eres una buena chica. Nos llevaremos bien, ya verás.

Aquellas palabras sonaron más a una orden que a un consuelo. En ese momento, Karina comprendió que no tenía elección.

El silencio en la mansión

Cuando los invitados se marcharon, la enorme mansión quedó sumida en un silencio pesado. Cada sombra parecía amenazante, cada pared fría y hostil. En el dormitorio se quedó sola con un hombre al que no amaba… y al que temía.

Aleksandr Petrovich estaba sentado en un sillón, observándola largamente, como si quisiera leerla hasta el último pensamiento.

—Esta noche te convertirás realmente en mi esposa —dijo en voz baja, pero en su tono había una dureza de hierro.

Karina quedó muda. El corazón le latía con fuerza, la respiración se le cortó. Pero lo que dijo después la conmocionó aún más.

Su exigencia

—No quiero una marioneta obediente —dijo de pronto—. Quiero fidelidad. En mi vida he sufrido demasiadas traiciones. Quiero que me jures que nunca amarás a otro hombre, que nunca me abandonarás.

Karina quedó paralizada. Esperaba órdenes, quizá rudeza, incluso violencia. Pero ¿ese juramento? Era la trampa más aterradora. Porque su corazón ya pertenecía a otro: a Artur, un compañero con quien alguna vez soñó con un futuro juntos.

Los labios le temblaban. No podía decir la verdad, pero tampoco podía mentir. Aleksandr Petrovich se levantó, la tomó de las manos con una fuerza inesperada y ordenó:

—Dilo —exigió—. Júralo.

El grito interior

Las lágrimas acudieron a sus ojos. Sus sueños ya habían sido traicionados por sus padres, su libertad le había sido arrebatada por el destino, y ahora le pedían que renunciara también a lo último que le quedaba: el amor.

Con voz temblorosa susurró:
—Lo juro…

En ese instante algo se quebró dentro de ella. Comprendió que aquella noche era el comienzo de un sufrimiento del que quizá nunca habría salida.

¿Qué pasará después?

Nadie sabía qué le esperaba a Karina tras ese juramento. ¿Seguiría siendo prisionera de la riqueza y el control, o encontraría la fuerza para luchar por su libertad? ¿Sobreviviría su amor entre los fríos muros de la mansión, donde cada palabra suena como una sentencia?

La historia apenas comenzaba, pero una cosa era segura: el destino de aquella joven se había convertido en rehén de la codicia y las ambiciones ajenas. Y el juramento pronunciado en esa noche fatal podía cambiar para siempre su vida… y también la de aquellos a quienes realmente amaba.

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