Aquí tienes la traducción al español de tu texto, conservando el tono narrativo y delicado de la historia:
Desde mi primer día en la mansión Hawthorne, existía una única regla que nadie se atrevía a cuestionar:
“No te acerques a la hija del director general.”
La ama de llaves me lo dijo sin emoción, con la voz de quien repite lo mismo durante años. No había crueldad en sus palabras, solo resignación.
—No habla con nadie. No se comunica. Y mucho menos con extraños.
Asentí. Las reglas eran claras. El salario era excepcional. Y los límites, infranqueables.
La mansión Hawthorne parecía un mundo aparte, fuera de la realidad. El silencio no era vacío, sino denso, casi sofocante. Los pasillos amortiguaban los pasos con alfombras profundas; las luces eran suaves, cuidadosamente colocadas para no perturbar a nadie. Incluso el personal hablaba en susurros, como si cualquier sonido más fuerte pudiera romper el frágil equilibrio del lugar.
Fui contratada como tutora. Mi trabajo consistía en mantener la estructura, el orden y la rutina. Sin emociones. Sin iniciativa. Solo seguir el horario establecido al pie de la letra.
Y entonces estaba ella.
Sophie Hawthorne.
Tenía seis años. Autista. Encerrada en su propio mundo, al que nadie tenía acceso. Cada mañana se sentaba en el mismo rincón de la veranda bañada por el sol. Frente a ella, bloques de madera de todos los colores y tamaños que colocaba con una precisión increíble, en un orden perfecto. Siempre igual. Sin un solo error.
Nunca levantaba la cabeza. Nunca sonreía. Nunca hablaba.
El personal la evitaba con una cautela casi sagrada, como si un solo movimiento en falso pudiera causar una catástrofe. Nadie la tocaba. Nadie le hablaba. Nadie intentaba entrar en su mundo.
Su padre, Michael Hawthorne, parecía un extraño en su propia casa. Cuando aparecía, se mantenía quieto en la puerta, con las manos entrelazadas y la mirada llena de algo que recordaba a la vergüenza y la impotencia. Un hombre capaz de dirigir un imperio financiero, pero incapaz de acercarse a su propia hija.
Yo seguía las reglas. Siempre. Sin contacto visual. Sin saludos. Sin interacción.

Y aun así, observaba todo.
Cómo se tapaba los oídos cuando alguien hablaba demasiado fuerte. Cómo tarareaba suavemente cuando el mundo se volvía demasiado caótico. Cómo el más mínimo cambio en su rutina diaria podía tensar todo su cuerpo.
Tres semanas pasaron en absoluto silencio.
Y entonces ocurrió algo inesperado.
Una tarde, sonaba en la radio un piano suave y melodioso. Yo estaba colocando libros en las estanterías cuando sentí un cambio en el aire. Sophie se levantó. Sin prisa. Sin su habitual balanceo. Cada paso suyo era lento, preciso, meditado.
Se detuvo frente a mí.
Levantó la cabeza y me miró directamente a los ojos.
Esa mirada no era vacía. Estaba llena de concentración, fragilidad y algo que no sabía cómo nombrar.
—Baila conmigo —susurró.
Su voz era apenas audible, pero en ese instante sobrepasó toda la mansión. Mi corazón se encogió. No porque no supiera qué decir, sino porque comprendí una verdad que había estado ignorando durante tres semanas:
Nunca podría ignorarla.
Sabía que, al hacerlo, estaba rompiendo la única regla que importaba. Y aun así, extendí mi mano. Despacio. Con cuidado. Dejando que ella decidiera.
Apoyó su pequeña palma en la mía.
Bailamos. No un baile real, sino un suave mecerse al ritmo de la música. Sin palabras. Sin expectativas. Solo presencia.
Ese día, todo cambió.
Esa misma noche sonó el teléfono. En la pantalla apareció un nombre que esperaba, pero que aun así me sorprendió:
Michael Hawthorne.
No sabía si vendría un reproche, un despido o enojo. Pero en su voz no había nada de eso.
—Mi hija habló hoy —dijo suavemente—. Por primera vez en años.
En ese instante comprendí que algunas reglas existen solo para ser rotas en nombre de la humanidad. Y que, a veces, basta un baile silencioso para abrir un mundo que estuvo cerrado demasiado tiempo.