El bebé lloraba sin parar durante tres días y casi no dormía. Los médicos insistían en que se trataba solo de cólicos, recetaron medicación, pero el llanto no cesaba.
Todo cambió cuando el padre notó por casualidad un detalle extraño en la pierna del bebé. Hoy advierte a otros padres que estén atentos y no pasen por alto lo que parecen ser pequeñas cosas.
Los padres siempre habían sido cuidadosos y planificaban todo con anticipación. Cuando supieron que esperaban un hijo, comenzaron a prepararse de inmediato. Leían libros, asistían a cursos y compraban según listas. Cubrieron los enchufes eléctricos, protegieron las esquinas filosas y retiraron todos los objetos innecesarios, creyendo que así protegerían a su hijo de cualquier problema.
El bebé nació tranquilo. Dormía bien, lloraba poco y se calmaba rápido. Los primeros meses transcurrieron sin mayores complicaciones. Los padres se acostumbraron a la rutina y pensaron que simplemente habían tenido suerte.
Pero una noche todo cambió.
Al principio el bebé gimoteaba suavemente. Tras unas horas, el llanto se intensificó y, hacia la noche, se convirtió en un llanto constante. No se calmaba ni en brazos ni en la cuna. Su cuerpo estaba tenso, la cara enrojecida y la respiración dificultosa.

El padre lo cargaba y paseaba por la habitación intentando mecerlo. La madre probó todo lo que se le ocurrió: alimentarlo, cambiarlo, envolverlo bien. La temperatura del apartamento era adecuada, pero el llanto persistía.
Al caer la noche, acudieron a urgencias. Los médicos examinaron al bebé, revisaron sus signos vitales y dijeron que era un caso común de cólico infantil. Recomendaron masajes y gotas y los enviaron a casa.
Los padres confiaron en los médicos.
Durante los dos días siguientes, el bebé apenas dormía. Lloraba de día y de noche. Los padres se turnaban para cargarlo, caminar por el apartamento y probar distintas posiciones, pero nada funcionaba. La fatiga aumentaba, y con ella la ansiedad.
La tercera noche, el padre envió a su esposa a descansar y se quedó solo con el bebé. Colocó al niño en un portabebés y caminó lentamente de habitación en habitación sin detenerse. Poco a poco, el llanto disminuyó y se transformó en respiración pesada.
Cuando el bebé se calmó un poco, el padre se sentó y lo examinó con atención. Notó que una pierna se movía con normalidad, pero la otra casi no se movía y permanecía doblada. Le pareció extraño.
Quitó la ropa para revisar mejor las piernas. Al principio todo parecía normal. Luego quitó los calcetines y observó un detalle muy extraño: un pie era normal, pero el otro estaba hinchado, caliente y de un tono rojo oscuro. Entre los dedos había un cabello fino, casi invisible. Era un cabello largo que, por el color, pertenecía a su esposa.
El cabello estaba enrollado alrededor de los dedos y los apretaba fuertemente. La circulación sanguínea estaba restringida por el cabello, y la piel alrededor comenzaba a hundirse.
El padre despertó inmediatamente a la madre y fueron al hospital. En urgencias mostraron la pierna del bebé a los médicos, cuya reacción fue inmediata.
No se trataba de cólicos.
El bebé fue trasladado rápidamente a quirófano. Los médicos dijeron que si hubieran llegado más tarde, las consecuencias podrían haber sido irreversibles.
Llegaron a tiempo. Para un adulto, un cabello fino no representaría un gran problema, pero para un bebé con piel tan delicada, casi significaba la amputación.
Esta historia sirve de advertencia: a veces, los detalles más pequeños pueden salvar la vida de un niño.