El aire estaba inmóvil, como antes de una catástrofe. En la manija de la puerta colgaba una ramita de pino quemada, envuelta en un trozo de papel arrugado. De color marrón oscuro, en algunos lugares completamente chamuscada, como si alguien la hubiera prendido fuego a propósito, dejado que las llamas la consumieran, luego apagado el fuego y la hubiera colocado allí con cuidado. Un símbolo que no necesitaba palabras.
El primer pensamiento fue claro y cortante: esto no es una broma.
Me giré, miré alrededor: el patio estaba silencioso, vacío, extrañamente frío. Revisé las cámaras de la entrada, incluso me agaché y miré debajo del coche, como si esperara otra señal, algo más grande que continuara aquello. En mi cabeza giraban posibles explicaciones: ¿un vecino enfadado? ¿Una amenaza? ¿Un mensaje silencioso de alguien que no conozco? ¿O quizá… de alguien que me ha elegido?
No quería ni tocar esa ramita. Llevaba consigo una sensación de advertencia, de algo que se aproxima. Pero la curiosidad, lenta y silenciosamente, venció al miedo. El papel se rasgó como una hoja seca bajo la presión de mis dedos y de inmediato me golpeó un fuerte olor a resina quemada, tan fresco que tuve la sensación de que quien la había dejado allí quizá aún me observaba desde algún rincón, desde la oscuridad.
Pensé en ello todo el día. Solo por la noche, en el silencio del apartamento, decidí buscar una explicación. En internet encontré un foro sobre objetos extraños dejados en los coches. Subí la foto y, en menos de un minuto, aparecieron las respuestas.
Lo que leí me heló hasta los huesos.
La mayoría de los comentarios decían lo mismo:
una ramita quemada es una marca sobre una persona.
No es casualidad, no es un juego. Es una identificación silenciosa. Alguien te observa. Alguien sabe quién eres. Alguien te ha marcado.
Leía los comentarios uno tras otro, con el corazón latiendo con fuerza:
«Es una advertencia antes del siguiente paso».
«Si aparece un segundo objeto, ya es demasiado tarde para ignorarlo».
«Significa que el objetivo ha sido elegido».

Esa noche no pegué ojo. Cada crujido en la pared sonaba como un paso, cada sombra en el techo como una figura. Permanecí inmóvil, escuchando y esperando. ¿Hay alguien detrás de la puerta? ¿Solo estoy esperando a que aparezca una mano que la abra?
La mañana siguiente fue aún más aterradora.
En el parabrisas colgaba una pequeña bolsa de tela negra. Tosca, cosida de manera rudimentaria, con hilos oscuros como sangre seca. Cuando la levanté con la punta de los dedos, sentí dentro algo duro: una forma irregular, estrecha. La apreté suavemente.
Parecía… un hueso.
Di un paso atrás, se me cortó la respiración.
Esto ya no era un símbolo. Era un mensaje directo.
Recordé un comentario del foro:
«El segundo signo significa que ya te están vigilando».
Me movía por el apartamento en silencio, como si pudiera despertar algo invisible que se ocultaba en las esquinas. Persianas bajadas, luces apagadas, y cada farola de la calle me parecía un ojo observando. Empecé a comprenderlo: esto no es un juego. Esto es el comienzo.
La tercera noche, cuando regresé a casa, había un sobre bajo la puerta.
Sin dirección. Sin nombre. Sin sello.
Dentro, solo una palabra, escrita a mano, con trazos lentos y seguros:
«Gírate».
Mi cuerpo se quedó rígido de repente. Los dedos se me entumecieron.
¿Y si realmente hay alguien detrás de mí? ¿Y si el rostro que vea no lo podré olvidar jamás?
Con esfuerzo, lentamente, me giré.
Detrás de mí, un pasillo vacío. No había nadie. Silencio, como si contuviera la respiración.
Pero ya lo sabía: el vacío no es calma. Es la pausa entre dos pasos.
Alguien sabe dónde vivo.
Alguien me observa.
Alguien espera… y tiene tiempo.
La policía no encontró huellas. Las cámaras no captaron ningún rostro. Los vecinos no oyeron nada. Pero a veces, entrada ya la noche, vuelve a aparecer en el aire ese mismo olor agudo a resina quemada.
Como una llamada.
Como un recordatorio.
Y sé que esta historia aún no ha terminado.
Por eso te pregunto a ti:
¿Qué harías tú si una mañana encontraras la misma marca oscura en tu puerta o en tu coche?
¿Te reirías… o entenderías que es un mensaje?
Y que quizá…
ya no queda tiempo.