Una chica pobre que corría a la escuela encuentra a un bebé inconsciente encerrado en un coche.
Patricia Su Psorrez, de dieciséis años, que llegaba tarde a la escuela, notó un débil llanto dentro de un Mercedes negro cerrado, estacionado bajo el sol abrasador de Buenos Aires. Se dio cuenta de que el bebé se estaba asfixiando y rompió la ventana con una piedra. Cargó al pequeño inconsciente hasta el hospital más cercano, hiriéndose las manos en el proceso.
En el hospital apareció corriendo un médico… y luego se derrumbó en lágrimas. El bebé era su hijo, Benjamín. Pocos momentos después llegó la policía y acusó a Patricia de vandalismo y secuestro. Sin embargo, el doctor Daniel Acosta la defendió:
—Ella salvó a mi hijo.

Pronto llegó una noticia impactante: la niñera de la familia, Teresa, que había desaparecido, fue encontrada muerta. Los documentos hallados junto a ella la vinculaban con una investigación sobre negligencia en una clínica privada. El doctor Acosta comprendió que el secuestro formaba parte de una conspiración para desacreditarlo antes de que pudiera testificar contra la clínica.
Patricia, ahora involucrada en el caso, ayudó a descubrir la identidad secreta de Teresa: era una periodista encubierta que investigaba fraudes médicos. Antes de morir, había escondido pruebas dentro de un juguete en la cuna de Benjamín. Cuando recuperaron la memoria USB oculta, salió a la luz una conspiración liderada por el doctor Carlos Montiel, influyente director del hospital municipal y mentor de Acosta.
Montiel trasladaba a pacientes pobres a experimentos ilegales y utilizaba la clínica como fachada. Patricia ayudó a grabar su confesión durante una tensa cena, lo que condujo a su arresto. Sin embargo, mientras se lo llevaban, declaró con tono burlón:
—Esto aún no ha terminado.
Poco después, el doctor Acosta recibió una llamada: Benjamín estaba sufriendo convulsiones. En el hospital, la vida del niño pendía de un hilo. Mientras los médicos luchaban por salvarlo, Acosta se dio cuenta de que los síntomas eran los mismos que habían acompañado la misteriosa muerte de su propio padre años atrás, lo que sugería que la conspiración era mucho más profunda de lo que cualquiera había imaginado.