Luego llegó una mujer que logró lo que todas las demás no pudieron.
En catorce días, treinta y siete mujeres dejaron la villa Delcourt, que se alzaba sobre las colinas bañadas por el sol de Menton. Algunas se marchaban en silencio, con lágrimas en el rostro. Otras con los ojos llenos de histeria. La última salió literalmente corriendo por la puerta: la blusa rasgada, las manos temblando y la lluvia mezclándose con el sudor, destiñendo el color de su cabello en las sienes.
—¡Esa casa está maldita! —gritó al guardia—. ¡Su jefe no necesita una niñera, necesita un sacerdote!
El taxi desapareció entre los pinos y el silencio volvió a extenderse por la propiedad como una niebla.
Julien Delcourt lo observaba todo desde la ventana de su despacho en el piso más alto. Un hombre que había construido un imperio empresarial desde cero, que había sabido dominar mercados y competidores, se encontraba impotente ante un problema que no podía calcular ni comprar.
Se volvió hacia el escritorio. Allí estaba la fotografía de su difunta esposa, Sophie. Sonreía, rodeada de sus seis hijas. Entonces parecían una familia perfecta. Hoy parecían más bien una tormenta interminable.
—Treinta y siete —susurró—. Sin ti no puedo hacerlo.
El teléfono vibró.
—Señor Delcourt —dijo la voz del abogado—, las agencias están cerrando el caso. Hablan de un entorno inestable y potencialmente peligroso. Nadie más aceptará el trabajo.
Julien cerró los ojos.
—Entonces, ¿ninguna niñera?
—No. Pero… quizá una empleada doméstica. Solo para limpiar. Sin contacto con las niñas.
Recordó el jardín destrozado, los juguetes rotos, las paredes arañadas y ese silencio pesado que quedaba en la casa tras cada nueva renuncia.
—Contrátela —dijo con cansancio—. No me importa quién sea.

En el otro extremo de la ciudad, Nora Bensalem, de veintisiete años, se recogió el cabello en un moño y cerró un libro de psicología infantil. De día limpiaba casas ajenas, de noche estudiaba. Provenía de una familia humilde y sabía lo que significaba luchar por cada paso adelante.
Sobre la mesa había una factura sin pagar. Su teléfono vibró.
“Trabajo urgente. Gran mansión. Salario doble. Incorporación inmediata.”
Miró sus zapatos gastados y aceptó sin dudar. No sabía que ninguna mujer había durado allí más de un día.
Detrás de la fachada impecable de la villa reinaba el caos. Las paredes estaban arañadas, los platos acumulados en el fregadero, el aire pesado y tenso. El guardia le abrió la puerta con una expresión que parecía más compasión que bienvenida.
—Buena suerte —murmuró.
Julien parecía agotado, mayor de lo que realmente era.
—Solo limpie —dijo con rapidez—. Le pagaré el triple.
—No cuidaré a las niñas —respondió Nora con calma.
—Por supuesto —asintió él. Esa palabra ya la había oído demasiadas veces.
En ese momento se oyó un estruendo desde el piso superior. Risas. Gritos. Pisadas fuertes. Seis niñas aparecieron en la escalera. Cabellos despeinados, desafío en la mirada. La mayor se detuvo y clavó los ojos en Nora.
—Treinta y siete —dijo con frialdad—. Tú eres la siguiente.
Nora las observó en silencio unos segundos. No vio un problema. Vio dolor. Pérdida. Una tristeza transformada en rebeldía.
—De acuerdo —dijo con tranquilidad—. Empezaré en la cocina.
Sin miedo. Sin reproches. Sin órdenes.
En la cocina encontró una fotografía de Sophie. Primero sana y sonriente. Luego pálida, en una cama de hospital. En el refrigerador colgaba una lista escrita con letra cuidadosa: los platos favoritos de cada hija, pequeñas notas, corazones dibujados.
Nora lo entendió.
La casa no estaba maldita. Estaba rota.
No levantó la voz. No castigó. No solo limpió la suciedad, sino también la tensión atrapada entre las paredes. Cocinó según la lista. Escuchó, incluso cuando las niñas callaban. Cuando gritaban, permanecía tranquila. Cuando intentaban provocarla para que se fuera, ella no se iba.
Por primera vez en mucho tiempo, la villa se sumergió en un silencio que no era aterrador, sino sereno.
Tres días después, Julien se quedó de pie en la puerta del comedor sin poder creer lo que veía. Sus hijas estaban sentadas a la mesa. No discutían. Reían. La más pequeña abrazaba a Nora por la cintura.
—¿Te quedarás? —preguntó en voz baja.
Julien abrió la boca, pero no encontró ninguna respuesta preparada.
Por primera vez en meses comprendió que algunas cosas no se resuelven con otro contrato ni con más dinero.
A veces basta una persona que no tenga miedo de quedarse.