Tengo veinticinco años. Hasta hace unos meses, mi vida era ordinaria y predecible: trabajo como diseñador, una hipoteca en el horizonte, boda planeada, fines de semana organizados con antelación. Todo tenía su sistema. Su ritmo.
Luego sonó el teléfono.
Una frase.
Un accidente.
Y el mundo se dividió en “antes” y “después”.
Mi mamá murió en un accidente de coche. Y dejó atrás a dos niñas de diez años: mis hermanas gemelas, Lily y Maya.
De la noche a la mañana dejé de ser solo su hermano mayor. Me convertí en su tutor legal. No porque estuviera preparado, sino porque yo era el último familiar que quedaba.
Aprendí cosas que nunca había tenido que enfrentar: cómo lavar ropa blanca sin que se manche de rosa, cómo reconocer quién está llorando según cómo cierra la puerta, cómo trenzar el cabello sin tener que rehacerlo tres veces. Cada noche les leía cuentos, aunque apenas podía mantener los ojos abiertos.
Estaba agotado. Asustado.
Pero decidido.
Mi prometida, Jenna, se mudó poco después. Decía que quería ayudar. Y al principio parecía un alivio. Horneaba galletas con ellas. Se reía con los dibujos animados. Les compraba los mismos clips para el pelo.
—Siempre quise tener hermanitas —decía sonriendo.
Necesitaba creer que hablaba en serio.
Luego llegó un martes cualquiera.
Volví a casa antes de lo previsto. Abrí la puerta silenciosamente para no despertar a nadie. Pero en lugar de silencio, escuché la voz de Jenna.
No era suave. No estaba cansada.
Era fría.
—Escúchame —dijo con dureza—. No se van a quedar aquí mucho tiempo. No voy a sacrificar mis años por hijos ajenos.
Me quedé parado en el vestíbulo.
—En esa entrevista tienes que decir que quieres otra familia. ¿Está claro? Si no, lo arruinarás.
Silencio.

Luego un sollozo suave.
—Y deja de llorar —añadió—. Cuanto antes se vayan, antes tendremos paz.
La escuché ir hacia el dormitorio, con el teléfono en la mano.
—Karen, ya casi lo tengo resuelto —dijo en voz baja—. Solo necesita firmar. Cuando se vayan, la casa y el seguro serán nuestros. Él se acostumbrará.
En ese momento sentí un nudo en el estómago. No metafórico. De verdad.
No entré. No hice un escándalo.
En cambio, me senté en el coche y dejé que la verdad me atravesara la mente.
Esa noche volví a casa con una sonrisa tranquila.
—Tal vez tengas razón —dije en voz baja—. Tal vez sea mejor… encontrarles otro hogar.
Su expresión se iluminó más que en el día de nuestro compromiso.
—Eso es sensato —exhaló—. Casémonos cuanto antes.
La boda se planeó en unos pocos días. Hotel de lujo. Música. Risas. Invitados. Y, en primer lugar, Lily y Maya en vestidos blancos sencillos, tomándose de las manos.
Jenna hablaba de amor. De familia. De un futuro juntos.
Cuando terminó, tomé el micrófono.
—Ahora me gustaría decir algo yo.
En la sala se encendió la pantalla de proyección.
Una grabación.
Su voz. Cada palabra. Cada plan.
El silencio pesaba más que la música que sonaba hace un momento.
Sentí cómo dos pequeñas manos apretaban firmemente mis dedos.
Miré a los invitados. Luego a ella.
—La familia no es una inversión —dije con calma—. No es un obstáculo. Y mucho menos una carga que se deja de lado cuando no te conviene.
Ese día no hubo boda.
Pero por primera vez no sentí miedo.
Solo la certeza de que nunca permitiría que nadie tratara a mis hermanas como un problema.
Y cuando esa noche nos fuimos solo los tres, Lily me abrazó fuerte y susurró:
—No nos iremos a ningún lado, ¿verdad?
Sonreí.—No —respondí—. Ya tenemos un hogar.