Nunca se me habría ocurrido escribir algo así.
Matyáš todavía es un niño. Un chico de quince años que hasta ayer no podía resolver ecuaciones químicas, que tiene la habitación llena de pósters de videojuegos y siempre está buscando las llaves.
Y, sin embargo… se convirtió en padre.
Cuando vino a decírmelo, se sentó al borde de la cama, balanceando las piernas y evitando mi mirada.
—Mamá… tengo que contarte algo. Pero prométeme que no te vas a enojar.
En ese momento supe que había pasado algo grande. Algo que cambiaría todo.

Su novia dio a luz. Prematuramente. La nena apenas pesa dos kilos, pero se aferra. Lucha.
Pero su madre… se fue. Sin decir una palabra, sin papeles, sin explicación.
Solo quedó la pequeñita. Y Matyáš.
Mi hijo, que hasta la semana pasada se preocupaba por cómo lavar su camiseta, hoy firmó la custodia.
Sin mi ayuda. Sin dudarlo.
Con un único pensamiento: que ese bebé lo necesitaba.
Por la noche me miró con una expresión que nunca había visto en él.
—Nadie la quiere… pero yo sí —dijo en voz baja.
Y en ese momento entendí.
Tal vez todavía sea un chico. Pero en su corazón ya está creciendo alguien más.
Un padre.