El viaje hasta allí tomaba más de dos horas, a veces incluso más, cuando el tráfico se bloqueaba. Y aun así, iba una y otra vez. No por la distancia. Sino por quién estaba allí.
Allí no era esposo. No era el hombre que se sienta en silencio en la mesa, mientras entre él y su mujer flotan años de palabras no dichas. No era el contable de su propia vida, sumando cuotas, obligaciones y compromisos. Allí volvía a ser admirado. Más ligero. Importante.

Tenía veinte años menos que él. Se reía de sus bromas, lo tocaba con una atención que en casa ya no conocía. Lo miraba como si fuera alguien especial. Y él necesitaba esa mirada más de lo que estaba dispuesto a admitir.
La noche transcurrió sin límites. Sin tiempo. Hasta que miró el reloj.
3:47 de la mañana.
En ese momento, su estómago se encogió. Se incorporó bruscamente. La realidad volvió con el peso de un golpe. Saltó de la cama y empezó a vestirse.
—Podrías quedarte —murmuró somnolienta, acercándose la sábana al cuerpo.
—No puedo —respondió brevemente—. Debo irme a casa.
—¿Por qué? —preguntó en voz baja—. Ya ni la amas.
Esa frase lo punzó, pero no reaccionó. Ya no la escuchaba. En su cabeza se encendió una alarma interna. Tomó las llaves y se fue sin mirar atrás.
Condujo demasiado rápido. La carretera estaba vacía, el cielo empezaba a clarear. En su mente, preparaba excusas con la rutina de un profesional: reunión de trabajo inesperada, teléfono descargado, colega en apuros. En un año se había convertido en maestro de la mentira. Sabía qué decir, cuándo callar y cómo aparentar.
Cuando estacionó frente a su casa, era el amanecer. La calle estaba silenciosa. Demasiado.
Entró de puntillas. Colocó el saco sobre la silla. Dejando los zapatos en la puerta. El aire en la casa era pesado. No era el silencio de un hogar dormido, sino el silencio de la tensión. Silencio que ocultaba algo.
Se detuvo.
La puerta del dormitorio estaba entreabierta.
Eso lo sorprendió. Su esposa siempre la cerraba. Siempre. Era meticulosa con el orden, con los rituales. Una puerta abierta no era algo que la caracterizara.
El corazón le empezó a latir más rápido. Se acercó lentamente. Cada paso pesado, como si fuera en contra de su instinto.
Y entonces miró dentro.
Su esposa yacía en la cama. Inmóvil. La sábana corrida hacia un lado. Su cabello esparcido sobre la almohada. Su rostro pálido, con una calma antinatural.
Se paralizó.
Al principio pensó que dormía. Dio un paso más. Luego otro. Extendió la mano y la tocó ligeramente.
Estaba fría.
El aire se le quedó atrapado en los pulmones. Las rodillas le fallaron. Se deslizó al borde de la cama, mirando fijamente, incapaz de comprender lo que veía. Ningún movimiento. Ninguna respiración.
Llamó su nombre. Una vez. Otra vez. Su voz temblaba.
Nada.
Casi se le cae el teléfono mientras llamaba a emergencias. Hablaba confundido, entrecortado. El operador le preguntaba la hora, las circunstancias. No pudo responder. Solo una idea rondaba su cabeza.
Si hubiera estado en casa.
Más tarde, el médico dijo que fue un paro cardíaco repentino. Rápido. Inesperado. Que la ayuda quizá hubiera servido. Quizá.
Esa palabra lo perseguía.
La policía preguntó dónde estaba. Dijo la mentira preparada. Trabajaba hasta tarde. Cansado. Agotado. Nadie podía probar lo contrario.
Pero él lo sabía.
Cada minuto pasado en otro lugar tenía su precio. Cada escapada, cada noche en la que se sentía “ligero”, era una noche en la que alguien yacía solo en casa.
Se quedó en la casa vacía, rodeado del silencio que nunca volvería a llenarse. Y por primera vez comprendió la cruel verdad que se negaba a aceptar.
No se fue solo del matrimonio.
Se fue de la última oportunidad de estar presente.
Y con eso ya no había forma de mentir.