Cuando Elisa Moreau, en su séptimo mes de embarazo, descubrió los mensajes en el teléfono de su esposo, el mundo pareció detenerse por un instante. No se trataba solo de una infidelidad. Las palabras que leía eran frías, calculadoras y aterradoramente precisas.
Victor Delmas le escribía a su amante, Alice Vernier, que pronto se “desharía de todos los obstáculos” y finalmente comenzaría con ella una nueva vida. Elisa se sentó en la cama, sosteniendo su pesado vientre con una mano y el teléfono con la otra. El bebé se movió dentro de ella, como si sintiera su miedo.
A pesar del dolor, trató de buscar una explicación. Quizá era una broma de mal gusto, quizá una aventura sin intenciones reales. Decidió confrontar a Victor. Cuando le mostró los mensajes, él no reaccionó con ira ni intentó mentir. Solo la miró con una expresión vacía, como si fuera un extraño.
En ese momento, Elisa comprendió que el hombre con el que se había casado ya no existía.

La noche del incendio comenzó peligrosamente tranquila. Victor preparaba la cena, limpiaba la cocina y se comportaba con una atención inusual. Dijo que quería “poner todo en orden”. Elisa estaba cansada, el peso del embarazo la agotaba, así que se fue temprano a la habitación. Se quedó dormida con la mano sobre el vientre, tratando de concentrarse en la respiración tranquila.
El olor a humo la despertó.
Al principio pensó que lo había imaginado. Luego sintió el humo picante en los pulmones. Saltó de la cama y corrió hacia la puerta. La manija no se movió. Intentó de nuevo. La puerta estaba cerrada desde afuera.
El pánico le oprimió la garganta. Comenzó a golpear la puerta, gritar el nombre de Victor, suplicar. La respuesta fue solo silencio y el crepitar del fuego. El humo comenzó a filtrarse por debajo de la puerta. Agarró el teléfono. Sin señal. Ninguna red. El teléfono estaba en modo avión. No era un accidente. Alguien lo había planeado.
Y entonces lo escuchó.
Pasos en el pasillo. La voz de Victor, tranquila, casi tierna. “Perdóname, Elisa. Esta es la mejor solución”. Sus gritos no lo detuvieron. Cuando le dijo que mataría a su propio hijo, no respondió. Los pasos se alejaron.
En ese momento algo cambió en ella. El miedo dio paso a un instinto brutal. Ya no luchaba por sí misma. Luchaba por su hijo.
Las llamas ya consumían la sala, el techo de la habitación comenzó a crujir. Elisa agarró una lámpara pesada y con sus últimas fuerzas rompió la ventana. El aire frío de la noche entró, pero el fuego era más rápido. El humo la asfixiaba, los ojos le ardían. Intentó salir, pero entonces todo el hogar sacudió una explosión. La onda expansiva la lanzó hacia atrás.
Se arrodilló, jadeando, sintiendo cómo le faltaban fuerzas. Las llamas se acercaban por todos lados. Sus pensamientos se desmoronaban, pero una cosa la mantenía firme: no podía rendirse.
Y entonces lo vio.
Una silueta en la ventana rota. Una figura que se abrió paso hacia adentro a pesar del fuego. Era un vecino, un exbombero, que había notado el humo y no dudó en arriesgar su vida. La sacó justo cuando la habitación se derrumbaba en llamas.
Elisa sobrevivió. Su hijo también.
Victor fue arrestado esa misma noche. Las pruebas eran irrefutables: los mensajes, la puerta cerrada, el teléfono apagado. Su amante desapareció antes de poder visitarlo en la cárcel.
Meses después, Elisa sostenía en brazos a un niño sano. El fuego le había arrebatado su hogar, sus ilusiones y su vida anterior. Pero no la había quebrado.
Porque a veces, incluso en las llamas más oscuras, se revela quién es el verdadero monstruo… y quién es más fuerte de lo que jamás pudo imaginar.