Comenzamos a preparar la boda. Nada ostentoso: solo una ceremonia íntima, unos pocos familiares cercanos, música agradable, buena comida y sonrisas. Elegimos un restaurante acogedor con vista al río, encontramos un moderador amable y contratamos a un fotógrafo que pudiera capturar los momentos con alma. Me sentí joven de nuevo, quizás por primera vez en muchos años, verdaderamente feliz.
Lo más difícil, sin embargo, fue contárselo a los hijos. Sabía que no sería sencillo. Mi hija y mi hijo, tras la muerte de su padre, se habían encerrado en sí mismos y siempre me habían visto como un símbolo de estabilidad: alguien que ya no buscaría cambiar su vida. Pero yo había cambiado. Sentí que, después de años de soledad, merecía volver a ser amada.

Ese día preparé la mesa. Sobre el mantel puse sus platos favoritos: carne en salsa, pasteles caseros, té con miel. Quería que todo fuera como antes, cuando eran niños y se reían alrededor de la mesa. Me senté, esperé, y el corazón me latía hasta en la garganta.
Cuando llegaron, brillaba de felicidad. —Hijos, debo contarles algo —empecé—. Me he enamorado.
Al principio sonrieron, pensando que bromeaba. Pero cuando añadí: —Nos vamos a casar —sus sonrisas se congelaron.
—Mamá, por favor —dijo mi hijo, dejando los cubiertos—. No hablas en serio, ¿a esta edad? ¿Qué se te ha pasado por la cabeza?
Mi hija se unió a él: —Ni siquiera lo conoces bien. Seguro que solo te está halagando. No te quiere… por amor.
Sentí un nudo en el pecho. —Lo conozco —dije en voz baja—. Lo conozco más de lo que creen. Es amable, atento, y me mira de una manera en que nadie lo había hecho en años.
Mi hijo se levantó de la mesa. —Mamá, no quiero discutir. Pero si te casas con él, no cuentes con que estemos presentes.
Esas palabras dolieron más que cualquier reproche. La niña que una vez sostuve en mis brazos y el niño que me prometió que nunca me dejaría… ahora estaban frente a mí como extraños en nuestra propia casa.
Cuando se fueron, me quedé sentada en silencio. Las fotos de las niñas en la pared me miraban, como queriendo darme fuerza. Me di cuenta de que si dejaba que otros decidieran por mí, habría desperdiciado toda mi vida. Esta vez no lo hice.
Los días siguientes pasaron rápido. Mi novio —mi prometido— vio mi tristeza, pero no preguntó. Solo me tomaba de la mano cuando paseábamos por el parque y decía: —Algún día lo entenderán. Y si no, igual mereces ser feliz.
El día de la boda llegó antes de lo que esperaba. Era una mañana fría y soleada. El restaurante estaba bellamente decorado, sonaba música de piano y los invitados sonreían. Pero mis ojos seguían buscando la puerta… en vano. Mis hijos no habían venido.
Cuando sonó el “sí”, sentí que las lágrimas me llenaban los ojos, no de tristeza, sino de gratitud. Gratitud por haberme atrevido a vivir. Por permitirme ser mujer, no solo madre. Por aceptar el amor, incluso cuando el mundo decía que ya no tenía edad para ello.
Después de la ceremonia bailamos despacio, en silencio. Y entonces escuché pasos. Me giré… y allí, en la puerta, estaban mis hijos. Mi hijo con un ramo de flores, mi hija con un pañuelo. Se miraron a mí y yo a ellos. Por un momento guardamos silencio, y luego mi hija se acercó y susurró: —Perdón, mamá. Tenías razón. Te ves feliz.
Nos abrazamos, y comprendí que el amor verdadero —ya sea hacia un hijo o hacia una pareja— nunca llega tarde. Solo hay que permitirse abrir el corazón, aunque el mundo intente convencerte de que ya es demasiado tarde.
Ese día aprendí que la felicidad no tiene edad. Y que incluso después de los sesenta, uno puede volver a amar, soñar y comenzar de nuevo.
Porque el amor no se mide en años… sino en valentía.