El guardabosques había trabajado en esos bosques durante casi treinta años. Tras la muerte de su esposa, casi no viajaba a la ciudad. Sus hijos vivían sus propias vidas, así que le quedaban la vieja casa en el borde del bosque y el trabajo, sin el cual no podía imaginar su vida.
Un día, durante su paseo habitual, notó algo inusual cerca del borde de un acantilado rocoso. A lo lejos se escuchaba un débil y lastimero maullido. Cuando se acercó, vio a un lince colgando de la roca: tenía la pata trasera herida y casi inmóvil, y sangre seca a lo largo del costado. Cualquier movimiento podía ser fatal.
El lince se asustó, siseó e intentó soltarse. El guardabosques sabía que, si retrocedía, el animal caería. Se tumbó boca abajo en el borde del acantilado y extendió lentamente las manos. Centímetro a centímetro comenzó a subir al lince, sujetándolo con firmeza, aunque el cuerpo del animal era pesado y colgaba de forma peligrosa.
Finalmente, logró llevar al lince hasta el borde. El animal cayó sobre la nieve, respirando con dificultad, pero estaba a salvo. El guardabosques esperaba un ataque o una huida. Pero el lince se detuvo, lo miró fijamente durante un largo momento, se acercó, tocó brevemente su mano con el hocico… y luego se alejó silenciosamente hacia el bosque.

Pasaron los días y el guardabosques no volvió a ver al lince. Pero dos semanas después, temprano por la mañana, en el umbral de su casa yacía una presa fresca: una gran liebre. No había huellas humanas ni de perros alrededor, solo grandes huellas de gato.
En el borde del claro, entre los árboles, estaba ella misma: el lince. Lo miraba tranquilamente, sin intentar esconderse. Tras un momento, inclinó ligeramente la cabeza, observó su reacción y se marchó silenciosamente de vuelta al bosque.
El guardabosques permaneció mucho tiempo en el umbral, observando las huellas en la nieve. Parecía que el animal salvaje quería agradecerle así la vida que él le había salvado.