El dolor llegaba en oleadas. No de forma aleatoria ni caótica. Era rítmico, preciso, implacable. Exactamente como lo recordaba del parto de hacía años. Pero ahora no tenía ningún sentido.
No estaba embarazada. Lo sabía con certeza. Era una atleta profesional; su cuerpo funcionaba como un reloj. Régimen de entrenamiento, controles médicos, pruebas: nada escapaba a la atención. Acudió a ginecología solo para una revisión rutinaria, como lo hacía con regularidad. Nada más. Nada que pudiera terminar de esta manera.
La siguiente contracción la dobló por la cintura. De su garganta escapó un gemido bajo que intentó contener. La enfermera ya no estaba tranquila. Llamó al médico.
—Esto no es normal —susurró la mujer, apenas logrando respirar—. Esto… esto ya lo he vivido. Estoy de parto.
El médico se quedó inmóvil. Ordenó de inmediato una ecografía.
En el monitor aparecieron imágenes que nadie en la sala esperaba. No era un feto. No era un embarazo. Pero había algo allí. Algo que no debía estar activo. Algo que se movía.
La trasladaron a la unidad de cuidados urgentes. El dolor aumentaba, las contracciones eran cada vez más fuertes. Su cuerpo reaccionaba como si se estuviera preparando para dar a luz. El cuello del útero comenzó a dilatarse. La presión en la pelvis era insoportable. Los médicos se miraban entre sí y, por primera vez, en sus miradas apareció el miedo.

Le extrajeron sangre de inmediato. Los resultados llegaron rápido y fueron alarmantes. Los niveles hormonales correspondían a un embarazo avanzado y a un parto activo.
—Esto no es posible —dijo uno de los médicos en voz alta—. Esos valores…
Y fue entonces cuando la verdad empezó a revelarse.
Se descubrió que durante un procedimiento rutinario se le había administrado un medicamento que nunca debió recibir. Un potente preparado hormonal destinado exclusivamente a inducir el parto en etapas avanzadas del embarazo. Bastó un solo error en la documentación. Un intercambio de nombres. Una línea en el sistema. Un clic.
Su cuerpo reaccionó a la sustancia con una sensibilidad extrema. Como atleta, tenía un sistema hormonal altamente reactivo. El medicamento desencadenó una cascada masiva de reacciones: contracciones, fallo neurológico, colapso del sistema nervioso.
La mujer estaba en peligro de muerte.
Siguió una intervención de urgencia. Los médicos tuvieron que detener el proceso, neutralizar el efecto del fármaco y evitar daños permanentes en el útero y el sistema nervioso. Durante varias horas lucharon contra un cuerpo que literalmente se comportaba como si estuviera dando a luz a un hijo inexistente.
Sobrevivió. Pero por muy poco.
Durante varios días estuvo paralizada de la cintura para abajo. Los médicos le dijeron con franqueza que no era seguro que volviera a caminar. Psicológicamente estaba destrozada. No entendía cómo algo así podía ocurrir en un hospital moderno durante una simple revisión.
La investigación fue implacable.
Registros, cámaras, documentación electrónica: todo apuntaba a un error humano fatal. El medicamento estaba preparado para otra paciente con un embarazo de alto riesgo en fase avanzada. Los nombres eran similares. El código del sistema no estaba suficientemente controlado. Nadie advirtió la alerta.
El hospital intentó encubrir el incidente. Ofrecieron una indemnización, confidencialidad, un acuerdo rápido. Pero ella se negó.
Presentó una demanda.
El caso llegó a los medios y provocó una enorme conmoción. Los expertos estaban impactados de que algo así fuera siquiera posible. El público aún más: una mujer joven y sana casi muere por un error administrativo.
Tras meses de rehabilitación, volvió a ponerse de pie. No regresó al deporte de alto nivel. Su cuerpo nunca volvió a ser el mismo. Pero sobrevivió. Y decidió hablar.
Hoy comparece como testigo de fallos sistémicos en el sistema sanitario. Advierte a otros de que ni siquiera un “procedimiento rutinario” es seguro si falla la atención humana.
Y cada vez que cuenta su historia, repite una frase:
—El peor dolor no fue físico. Lo peor fue descubrir que casi morí no porque estuviera enferma, sino porque alguien no leyó mi nombre hasta el final.
Ese día entró en la consulta como una mujer sana.
Y salió de ella como la prueba de que incluso un pequeño error puede desatar algo que se parece a un parto: sin niño, sin sentido, sin advertencia.