El hombre alzó una ceja, confundido, casi divertido. Toda su postura irradiaba la seguridad de quien es consciente de su poder y de sus recursos. Sus palabras no eran más que una frase vacía, una reacción automática ante algo que se salía de su rutina. La visión de aquella joven, inmóvil en las escaleras de mármol de su mundo, solo despertó en él una curiosidad superficial. Todo en su aspecto —el abrigo corrido, los zapatos sencillos— gritaba la distancia que había entre ellos. Su oferta era como lanzar un hueso a un perro hambriento sabiendo que no podrá alcanzarlo. Era una broma cínica, un juego social para un solo jugador.
—Por supuesto que hablo en serio —dijo con una ligera mueca en la voz, haciendo un gesto con la mano para que entrara.
Esperaba que se asustara. Que se disculpara, que dijera que había sido un error y desapareciera de nuevo en la penumbra de donde había venido. En lugar de eso, la joven respiró hondo, sacudió de la manga un polvo invisible y asintió. Sus pasos, al pasar junto a él hacia el vestíbulo calefaccionado, fueron más silenciosos de lo que había esperado. No había en ella ni rastro de servilismo ni de nerviosismo, algo a lo que estaba acostumbrado en la gente de su entorno.
Llegaron hasta el piano de cola reluciente, que se alzaba como el centro de aquel enorme vestíbulo. El personal de seguridad del hotel y la recepcionista observaban la escena con una pregunta no formulada en los ojos. El hombre señaló el instrumento, con las manos en los bolsillos, aún esperando un silencio incómodo o los primeros acordes inseguros que confirmarían su “victoria”. La joven se sentó. Su mirada se posó sobre el teclado, pero no como la de una extraña.
Era una mirada de reconocimiento, de diálogo silencioso. Colocó los dedos sobre las teclas. Se notaba que estaban gastados y un poco ásperos por el trabajo, pero al mismo tiempo increíblemente delicados.
Y entonces empezó a tocar.

No era una cancioncilla infantil ni una tímida pieza de estudio. De su contacto nació una composición compleja y profundamente emotiva. No era Chopin ni Beethoven, sino algo propio, crudo y bellamente triste. La melodía fluía como un arroyo de montaña: a veces impetuosa y apasionada, otras tranquila y melancólica. El aire del vestíbulo cambió. Las conversaciones se apagaron. La gente que entraba desde la calle se detenía en la puerta. La recepcionista dejó de teclear. Incluso el propio hombre, apoyado en una columna, se quedó inmóvil. La sonrisa desapareció de su rostro, sustituida por un asombro absoluto. Había escuchado muchos conciertos en su vida, muchos intérpretes caros, pero esto… esto era algo completamente distinto. Era música que no provenía de las aulas de un conservatorio, sino directamente del alma. Estaba llena de cosas que no se pueden comprar: dolor, esperanza, soledad y un anhelo indomable.
Cuando sonó el último acorde y se disolvió en un silencio total, pareció que todo el hotel contenía la respiración. Luego estalló el aplauso. Primero de algunos huéspedes, después del personal, espontáneo y sincero. La joven se levantó y se volvió hacia el hombre. Su rostro estaba sereno, pero sus ojos brillaban con la misma luz interior que había fluido de su música.
—Entonces —dijo en voz baja, pero clara—, ¿cuándo empezamos a arreglar los papeles?
El hombre no habló. Su mundo, construido sobre contratos, inversiones y juegos sociales, acababa de derrumbarse bajo el peso de una simple pero perfecta materialización de sus propias palabras. Se dio cuenta de que acababa de perder la partida más importante de su vida precisamente al ganarla. Su provocación vacía se había transformado en el compromiso más concreto que podía imaginar. Y, además, ya no estaba seguro de si era ella quien necesitaba su mundo, o él quien necesitaba desesperadamente el de ella.
Su sonrisa ya no era altiva. Era la sonrisa de un hombre que acababa de recibir una lección sin precio. Y quizá, por primera vez en mucho tiempo, era una lección de humildad.
—Empecemos ahora mismo —respondió por fin, y su voz sonó distinta.
El frío hombre de negocios había desaparecido. Quedaba solo un hombre que había sido testigo de un milagro y que ahora debía afrontar sus consecuencias. Y en lo más profundo de su alma endurecida sentía que tal vez no era un castigo, sino un regalo. Un regalo que llegó de la forma más inesperada, vestido con un abrigo viejo y tocando un piano desafinado en el corazón mismo de su propio reino.