Hace unos años mi esposo murió de cáncer.

Hace unos años mi esposo murió de cáncer.
La frase suena seca, casi administrativa, y aun así lleva dentro más peso del que soy capaz de expresar. Cuando la digo en voz alta, la gente suele quedarse en silencio, no sabe dónde mirar y enseguida añade que lo siente mucho. Yo asiento con la cabeza. He aprendido a manejar ese intercambio. Lo que no he aprendido es a olvidar.

La enfermedad llegó de manera discreta. Un cansancio que atribuíamos al trabajo. Un dolor del que decía que se pasaría. Y luego una prueba, otra más, la espera silenciosa en el pasillo del hospital y la palabra que lo cambió todo. Cáncer. En ese momento el tiempo se deshizo. Los días dejaron de tener forma y el futuro se redujo a la siguiente revisión, a los próximos resultados, a una esperanza más que poco a poco se iba adelgazando.

Estuvimos juntos en casa, aunque el hogar cambió. Se convirtió en un lugar de medicamentos, de planes ajustados a su energía y de noches silenciosas en las que escuchaba su respiración para asegurarme de que seguía allí. Hablábamos de cosas comunes, como si eso pudiera mantener viva la normalidad. Del clima, de la comida, de lo que haríamos “cuando estuviera mejor”. Ambos sabíamos que ese “cuando” era frágil, pero nos aferrábamos a él.

Cuando se fue, no fue dramático. No hubo un gran momento, ninguna última frase de película. Solo un silencio que se derramó por la habitación y que nunca desapareció del todo. Recuerdo que estaba sentada a su lado y tuve la sensación de que el mundo había dado un paso atrás mientras yo me quedaba inmóvil.

Los primeros meses después de su muerte fueron extraños. La gente esperaba lágrimas, derrumbes, un dolor visible. Eso llegó, pero de otra forma. En el lugar vacío en la mesa, en girar la cabeza automáticamente para decir algo y darme cuenta de que ya no había a quién. La tristeza se instaló en los detalles, en situaciones cotidianas que nadie más veía.

Poco a poco aprendí a funcionar. No porque quisiera, sino porque el mundo lo exigía. Iba a trabajar, me reía cuando era oportuno, respondía a la pregunta “¿cómo estás?” con un breve “bien”. La verdad era más compleja. No estaba rota, pero sí cambiada. Como una casa después de un incendio: sigue en pie, pero conserva el olor a humo.

Hoy, unos años después, ya no hablo de su muerte con el mismo dolor que antes. Hablo de él como de alguien que fue parte de mi vida y que sigue viviendo en mí. Aprendí que la tristeza no desaparece. Solo se transforma. Se vuelve más silenciosa, pero más profunda. No me limita al moverme, pero me recuerda quién fui y en quién me he convertido.

Hace unos años mi esposo murió de cáncer. Y aun así, aquí estoy. No más fuerte, no más débil. Solo diferente. Y esa es la realidad con la que he aprendido a vivir.

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