Me compré un choclo en un supermercado completamente normal camino del trabajo.

Me compré un choclo en un supermercado completamente normal camino del trabajo. No fue una compra planeada ni parte de la lista que había escrito por la mañana en un pedacito de papel. Simplemente estaba ahí, envuelto en un film delgado, con una pequeña etiqueta y un precio que no me llamó la atención. Lo tomé más por costumbre que por antojo, como muchas otras cosas que uno mete en el carrito sin pensar.

Había sido un día largo. Mi cabeza zumbaba por las reuniones, el ruido de la oficina y el constante cambio entre tareas. El supermercado estaba lleno de gente que se movía automáticamente, con la mirada vacía, cada uno encerrado en su propio mundo. Los estantes brillaban con la luz y los parlantes repetían monotonamente música que nadie escuchaba. Todo parecía ordinario, casi aburrido.

En casa puse la bolsa sobre la mesada de la cocina y me quedé un momento quieta. El choclo asomaba entre las manzanas y los paquetes de pasta. Lo tomé en mis manos y de repente me invadió una extraña ola de recuerdos: el verano, manos de niña untadas en manteca, risas y el aire caliente con olor a pasto. Me sorprendió cómo algo tan simple podía abrir las puertas al pasado.

Lo cociné sin grandes preparativos. Solo agua, un poco de sal, unos minutos de espera. Me senté a la mesa, sin teléfono, sin televisión, y empecé a comer. Cada bocado era simple, familiar, reconfortante. En ese momento el mundo se ralentizó. No había obligaciones, ni fechas límite, solo silencio y el sabor de algo que conocía toda mi vida.

Me di cuenta de cuán a menudo buscamos experiencias extraordinarias y pasamos por alto las pequeñas. Cuánta tranquilidad se esconde en lo cotidiano si le damos espacio. Ese choclo no era nada especial, y sin embargo se convirtió en un momento que me recordó que no siempre necesito apresurarme.

Me compré un choclo en un supermercado completamente normal camino del trabajo. Y sin haberlo planeado, me dio más de lo que jamás habría esperado de una compra tan pequeña. Fue una breve pausa en el caos del día, un recordatorio silencioso de que a veces basta con poco para volver a respirar.

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