Se sentaba, como siempre, a la derecha del director, tomando nota de cada palabra y tratando de parecer concentrada

Se sentaba, como siempre, a la derecha del director, tomando nota de cada palabra y tratando de parecer concentrada. Estaba acostumbrada a ignorar el cansancio, el dolor de cabeza y las náuseas. Una secretaria no puede permitirse mostrar debilidad, al menos eso se repetía desde hace años. En la sala hacía calor, el aire acondicionado no funcionaba y el aire tenía un sabor extraño y pesado. Anna sentía un zumbido en los oídos y la presión en el pecho aumentaba lentamente.

Respiró hondo. No sirvió de nada.
Su visión se nubló, las letras en su cuaderno comenzaron a mezclarse. Se apoyó en el borde de la mesa, se disculpó en voz baja y se levantó. Sus piernas temblaban, como si no fueran suyas. El director la miró y dijo algo, pero su voz sonaba distante, como a través del agua.

En cuanto salió del edificio, el aire frío la golpeó en la cara. Debería haberla despertado, pero en cambio, le dio aún más mareo. Dio unos pasos inciertos y se desplomó en un banco del pequeño parque frente a las oficinas. Cerró los ojos y esperó que pasara, que solo fuera un momento de debilidad.

Su corazón latía desbocado.

Cuando abrió los ojos de nuevo, vio sobre ella un rostro desconocido. Un anciano, canoso, con una chaqueta gastada y sombrero, se inclinaba sobre ella con una precaución inesperada. Sujetaba su muñeca, como examinándola, pero sin ejercer fuerza. Más bien con atención, concentrado.

—Oye, ¿qué haces? —exhaló Anna e instintivamente trató de retirar la mano—. No la toques. Esa pulsera es de mi esposo.

El anciano no se asustó ni alzó la voz. Solo la miró y dijo con calma:
—Te desmayaste por él. Mira bien.

Esa frase la impactó más que la situación misma. Anna bajó la vista hacia su muñeca. La pulsera de oro era pesada, masiva, decorada con un delicado ornamento. La llevaba puesta todos los días desde hacía casi un año. Era un regalo de aniversario, un símbolo de amor, o eso creía.

Pero ahora notó algo que nunca había visto antes.

En la parte interna, donde el metal tocaba la piel, había una línea oscura y fina. No era suciedad, ni sombra. El metal estaba alterado en algunos puntos, como si reaccionara con el sudor. Anna percibió un extraño olor metálico, ligeramente punzante.

—No es oro puro —dijo el anciano en voz baja—. Tiene una aleación. Y no de cualquier tipo.

Anna sintió un escalofrío recorrer su espalda. Intentó quitarse la pulsera, pero sus dedos temblaban. El anciano la ayudó, la desabrochó con cuidado y la colocó junto a ella en el banco.

—He visto casos similares —continuó—. Trabajé en una fundición hace años. Algunas personas ahorran donde no deberían. Este metal se libera con el calor. En personas sensibles provoca desmayos, palpitaciones, mareos.

Anna se quedó sentada, en silencio. Su mente daba vueltas. Su esposo le había traído esa pulsera de un viaje de trabajo. Afirmaba que era de un taller pequeño, hecha a mano, oro puro. Ella le creyó. Nunca tuvo motivos para dudar.

—Deberías dejar de usarla —dijo el anciano—. Y hacer un análisis. Esto no es coincidencia.

Anna asintió. Todavía se sentía débil, pero más clara que antes. Cuando levantó la vista para agradecerle, el hombre ya no estaba. Como si se hubiera desvanecido entre los árboles y los transeúntes.

Ese mismo día terminó en el hospital. Los médicos confirmaron que había rastros de metales pesados en su cuerpo. No en cantidad letal. Por ahora. Pero suficiente para causar desmayos.

Cuando por la noche colocó la pulsera sobre la mesa en casa y miró a su esposo, comprendió que las respuestas que temía serían más dolorosas que la enfermedad misma.

A veces, el mayor peligro no está en los extraños.
A veces lo llevamos en la muñeca. Y lo llamamos amor.

Добавить комментарий

Ваш адрес email не будет опубликован. Обязательные поля помечены *