Mi mon ami y yo no teníamos ni idea del aterrador secreto en el que estábamos a punto de entrar.
Mon ami — así lo llamaba desde pequeña, aunque su verdadero nombre era Adam.
Éramos inseparables. Crecimos juntos en un barrio polvoriento, donde los niños aprendían a trepar muros antes de saber caminar bien. Aun así, siempre encontrábamos tiempo para nuestras pequeñas aventuras: ya fueran los antiguos sótanos bajo la escuela o los huertos abandonados donde, según decían, había fantasmas.
Pero aquel día fue diferente.
Ese día fuimos a un lugar del que en nuestra ciudad no se hablaba en voz alta. Y cuando alguien lo hacía, era solo en susurros, como si temieran que el propio lugar pudiera oírlos.
Se trataba de la Casa al final de la calle.
Nadie la poseía, nadie la cuidaba. Y aun así, nunca se deterioraba.
Las ventanas siempre estaban limpias.
La verja nunca se atascaba.
Y el jardín… estaba demasiado bien cuidado como para ser normal.
Había algo allí.
Algo que nunca debimos descubrir.
Todo empezó de forma inocente.

Adam encontró en la escuela un diario viejo y destrozado.
En la primera página, escrito a lápiz, decía:
«Si estás leyendo esto, devuélvelo al lugar de donde lo sacaste.
De lo contrario, te encontrará.»
Por supuesto, lo ignoramos.
Éramos dos adolescentes de dieciséis años, llenos de valentía, estupidez y curiosidad.
¿Qué podría encontrarnos?
Solo más tarde comprendimos lo terriblemente equivocados que estábamos.
El diario contenía anotaciones de un chico llamado Léon.
Las fechas se remontaban veinte años atrás.
Al principio hablaba de cosas normales: amores, peleas, la escuela.
Pero luego, en sus escritos, apareció una palabra.
«Ella».
«Hoy ella me estuvo siguiendo.»
«La oí susurrar bajo las escaleras.»
«Me observa a través de los espejos.»
«Sé de dónde viene. De la Casa al final de la calle…»
Había decenas de entradas así.
Y la última página estaba rasgada, arañada, casi ilegible.
Solo dos palabras:
«Ha vuelto.»
Y luego una mancha de tinta, como si alguien hubiera escrito presa del pánico.
Adam se iluminó de emoción.
—Tenemos que ir allí —dijo—. Está claro.
¿Y yo?
Yo estaba en contra.
Algo en ese diario me aterraba mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir. Pero Adam era mi mon ami — la persona sin la cual no podía imaginar ni un solo día. Así que fui con él.
Al atardecer, justo antes de la puesta del sol, estábamos frente a la verja.
A simple vista parecía normal.
Pero cuando Adam la abrió, se oyó un leve chasquido, como si se activara algún mecanismo.
—¿Oíste eso?
—El viento —dijo él, restándole importancia.
Pero el viento no sopla hacia dentro de una casa.
En cuanto cruzamos el umbral, todo se volvió rígido.
El aire. La luz. El silencio.
La mansión estaba fría, aunque afuera reinaba una sofocante noche de agosto.
El suelo no crujía.
Las sombras no se movían.
Pero yo sentía… una presencia.
Indescriptible, pesada, aplastante.
Adam se dirigió al salón principal.
—¡Mira!
En el suelo había un espejo. Grande, con un marco de madera negra.
Pero estaba… cubierto.
Con una lona vieja y grisácea.
—¡Este es! —Adam corrió hacia él.
—¡No! —grité.
Demasiado tarde.
Arrancó la lona y, en ese instante, todas las ventanas se oscurecieron, como si el vidrio hubiera dejado de dejar pasar la luz.
Toda la casa quedó sumida en una extraña penumbra gris.
El espejo reflejaba una luz que no tenía de dónde venir.
Y en el reflejo… había una mujer.
Cabello largo y oscuro.
Ojos vacíos.
Y una sonrisa que no parecía humana.
Pero en la habitación no había nadie.
—Adam… —susurré—.
—Esto no es posible…
Pero él ya la estaba mirando fijamente.
Y su expresión cambiaba.
Como si algo lo atrajera, lo sedujera, lo absorbiera.
Entonces la mujer del espejo levantó la mano…
y la mano de Adam se levantó con la suya.
No por voluntad propia.
Era arrastrado.
—¡Suéltalo! —grité.
Pero el espejo empezó a vibrar, a ondular, a brillar como la superficie del agua.
Adam se inclinaba hacia él, incapaz de resistirse.
—¡Mon ami! —lo agarré del brazo.
En ese momento, la mujer abrió la boca.
Y se oyó una voz que no era humana.
Ni masculina.
Ni femenina.
Era como el susurro de cientos de voces a la vez.
—Me lo llevo de vuelta.
Y Adam desapareció.
Literalmente.
Como si la superficie del espejo lo hubiera engullido.
Yo me quedé allí, en el salón, incapaz de moverme.
Y desde el espejo se oían golpes apagados…
sus golpes.
Sus gritos.
Sus súplicas.
Luego, silencio.
Aquel día, Adam —mi mon ami— y yo entramos en un secreto que no estaba destinado a ojos humanos.
En una casa que no estaba vacía.
En un espejo que no era solo cristal.
Y comprendí que no todo se puede salvar.
Pero algo debe hacerse.
Y yo volveré.
Aunque me cueste mi propia alma.