…En el borde de la plaza, donde la nieve aún no se había pisoteado, había huellas.

…En el borde de la plaza, donde la nieve aún no se había pisoteado, había huellas.
Grandes, profundas marcas de patas, decenas de ellas, que se extendían desde el bosque hasta las primeras casas. Nadie necesitaba decir nada. Todos sabían lo que significaba.

“Lobos,” susurró alguien.

Los niños fueron rápidamente arrastrados hacia adentro, las puertas se cerraron de golpe, las rejas bajaron. El miedo se propagaba más rápido que el frío. La manada de lobos nunca se acercaba al pueblo. Nunca. Y, sin embargo, allí estaban las huellas. Frescas. Nocturnas.

Thomas se quedó apartado del grupo. Guardaba silencio. Su mirada se deslizó hacia el bosque, donde la sombra todavía se aferraba entre los árboles.

El viejo cazador Marcel se arrodilló y tocó una de las huellas. Palideció.
“Esto no es exploración,” dijo en voz baja. “Esto es escolta.”

“¿Escolta de qué?” preguntó una voz temblorosa.

Marcel se levantó lentamente. “De algo… o de alguien.”

Y entonces lo notaron.

En el borde del bosque, donde el blanco de la nieve se rompe en la oscuridad, estaba ella.

La loba.

Estaba delgada, su costado aún rígido, pero erguida. La cabeza levantada. Los ojos brillantes. A su alrededor, a una respetuosa distancia, se perfilaban las siluetas de otros lobos. No gruñían. No se movían. Solo estaban allí.

El silencio era casi insoportable.

Thomas sintió que se le apretaba la garganta. Dio un paso hacia adelante antes de poder pensarlo.

“Thomas, ¿te has vuelto loco?” siseó una mujer.

Él la ignoró. Lentamente se quitó los guantes y los dejó sobre la nieve. Gestos abiertos. Sin amenaza.

La loba se movió.

Una vez. Lentamente. Luego otra vez. Cada paso suyo era tranquilo, controlado. Se detuvo a pocos metros de él. El aire entre ellos estaba tenso, como una cuerda estirada.

Thomas tragó saliva.

Y entonces notó algo que le recorrió un escalofrío por la espalda.

En su pata, donde estaba la trampa, todavía había un trozo de tela enrollado.

Su vieja chaqueta.

La loba bajó la cabeza. No en sumisión, sino en un silencioso, animal reconocimiento. Luego se volvió hacia la manada y emitió un corto y profundo sonido.

Los lobos se movieron.

No hacia el pueblo. Sino alrededor de ella. Se separaron, como formando un círculo. Protector.

Marcel contuvo la respiración. “Ellos… protegen.”

Y así fue.

En los días siguientes ocurrió algo que el pueblo no había visto en generaciones. Los lobos permanecieron en los bosques cercanos, pero no atacaron. Al contrario. Disuadieron a otros depredadores. Los osos no aparecieron. La fauna salvaje mantuvo la distancia. Incluso los cazadores furtivos, que a veces merodeaban por los alrededores, desaparecieron repentinamente.

El bosque estaba… tranquilo.

La gente murmuraba. Algunos hablaban de una maldición. Otros de una señal. Los habitantes más ancianos recordaban historias antiguas que sus abuelos contaban junto al fuego.

Sobre el equilibrio.
Sobre la deuda entre el hombre y el bosque.
Sobre cómo el lobo nunca olvida.

Thomas no hablaba de eso. Cada mañana iba al mismo lugar en el borde del bosque. No con comida. No con trampas. Solo estaba allí.

Una vez, poco antes del fin del invierno, la loba apareció por última vez.

Se acercó más que nunca. Puso sobre la nieve algo oscuro.

Era un trozo de metal oxidado.

La trampa.

Luego se dio la vuelta y desapareció entre los árboles. Esta vez para siempre.

Desde entonces, una regla cambió en el pueblo.

Nadie volvió a poner trampas en el bosque.

Y cuando por la noche el viento aullaba entre las montañas, la gente ya no sentía solo miedo.

Sentía respeto.

Porque comprendieron algo que Thomas supo desde aquel día en el frío:

Que algunos actos no regresan con gratitud…
sino con protección.

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