Buscaba esposa a través de un anuncio. Pero todas las mujeres huyeron al ver su casa. Excepto una, que decidió quedarse.

Buscaba esposa a través de un anuncio. Pero todas las mujeres huyeron al ver su casa. Excepto una, que decidió quedarse.

Tadeo Alcántar tenía treinta y cuatro años. Era un hombre que uno recordaría más por su trabajo que por sus palabras. Sus manos eran fuertes, endurecidas por años de oficio, pero sus movimientos eran tranquilos y precisos. Construía casas como si debieran sobrevivir a sus dueños. No era pobre, ni grosero, ni poco atractivo. Y, aun así, permanecía solo.

Su casa se alzaba en un lugar que exigía respeto. Estaba hecha de madera y piedra, firmemente asentada sobre la roca, pero justo detrás del porche se abría un precipicio. Tan profundo que su fondo no se veía ni en un día claro. Cuando soplaba el viento, parecía que alguien respirara desde las profundidades. La gente del pueblo evitaba aquel lugar.

Tadeo nunca le dio importancia. La casa la había construido con sus propias manos después de que un deslizamiento de tierra le arrebatara a sus padres y la antigua propiedad familiar. Solo quedaba él y ese pedazo de tierra que nadie más quería. Para él, el precipicio no era una amenaza, sino un límite. Un recordatorio de que la vida puede terminar en cualquier momento, y por eso solo tiene sentido cuando se comparte.

Cuando decidió publicar el anuncio, no esperaba milagros. Tres mujeres llegaron en dos meses. Cada una llegó con esperanza y cada una se fue el mismo día. La primera palideció apenas salió del coche. La segunda trató de ocultar su miedo con cortesía, pero de noche se marchó en secreto. La tercera gritó que el lugar estaba maldito y huyó como si alguien la persiguiera.

Tras su partida, Tadeo se quedó largo rato sentado en el porche. Sostenía su sombrero en las manos y miraba al vacío. No comprendía exactamente qué era lo que habían visto. Para él, la casa era segura. Firme. Un hogar.

En el pueblo comenzaron los rumores. Que el precipicio se llevaba lo que le pertenecía. Que ninguna mujer podía permanecer allí por mucho tiempo. Nadie se lo dijo directamente, pero él lo sentía en las miradas.

Entonces llegó la cuarta carta.

Elena Valdivia vivía en Santa Fe, en un barrio ruidoso lleno de polvo y voces ajenas. Tenía veintiocho años y hasta hacía seis meses enseñaba a los niños a leer y escribir. Era respetada, tranquila, honesta. Pero bastó una sola acusación falsa para que todo se desmoronara. Nadie la escuchó. La verdad era demasiado silenciosa para sobrepasar los rumores. Perdió su trabajo, su apartamento y su reputación.

Al leer de nuevo el anuncio, no le interesaron las palabras sobre matrimonio. Solo llamó su atención una palabra: digno. Tras meses de humillación, era lo único que deseaba.

Le escribió sin adornos. Sobre su pérdida. Sobre no tener a dónde ir. Sobre que no buscaba un salvador, sino paz.

La respuesta llegó en dos semanas. La letra era firme, concisa, sin grandes promesas. El dinero adjunto para el viaje la conmovió más que las palabras. Un desconocido confiaba en ella lo suficiente como para enviarle lo poco que tenía.

Cuando subía al carruaje, el cochero le dijo que era la cuarta.

El viaje fue largo. Cuanto más se acercaban, más cambiaba el paisaje. Las montañas eran más escarpadas, el aire más pesado. Cuando finalmente llegaron a la casa, el cochero ni se giró.

Elena bajó. El precipicio la golpeó con la mirada. Era real. Aterrador. Infinito. Por un momento sus rodillas temblaron. Luego miró la casa. Vio vigas firmes, uniones cuidadosamente trabajadas, ventanas hechas con cariño.

Tadeo estaba en la puerta. No dijo nada. Solo esperaba.

«Está alto», murmuró.

«Sí», respondió. «Pero la casa se mantiene».

Lo miró a los ojos. No había miedo. Ni engaño. Solo cansancio y una expectativa silenciosa.

Se quedó.

La primera noche no durmió. El viento rugía en el precipicio y la casa crujía ocasionalmente. Pero por la mañana se dio cuenta de que no pasaba nada. Al día siguiente tampoco. Comenzó a fijarse en los detalles: lo cuidadosamente que estaba construido todo, cómo Tadeo nunca se apresuraba, cómo respetaba el silencio.

Una noche le contó la verdad sobre sí misma. Sobre la acusación. Sobre la caída. Esperaba juicio. Él solo asintió.

«La gente teme lo que no comprende», dijo. «Como este lugar».

Poco a poco surgió algo entre ellos, lento pero firme. No era pasión, sino confianza. Elena comprendió que el precipicio no era lo que más la aterraba. El mayor miedo ya lo había experimentado entre las personas.

Un día preguntó por la reputación del lugar.

Tadeo la llevó al borde del porche. «El precipicio no se ha llevado a nadie», dijo. «Solo recuerda que nada es seguro».

Elena respiró hondo. Luego dio un paso más cerca del borde. No porque no tuviera miedo, sino porque decidió no huir.

Y fue en ese momento cuando la casa dejó de parecer maldita.

Porque a veces lo más aterrador no está debajo de nosotros, sino en el vacío que llevamos dentro hasta que decidimos quedarnos.

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