La lluvia había dejado sobre el asfalto una película brillante y las luces de las farolas se desdibujaban en ella como líneas borrosas. En el asiento trasero del taxi estaba sentada Élise Martin — sin uniforme, sin insignia, solo con un sencillo vestido rojo. Esta vez no era capitana. Era simplemente una mujer que regresaba a casa.
La lluvia había dejado sobre el asfalto una película brillante y las luces de las farolas se desdibujaban en ella como líneas borrosas.
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