Mi padre se casó con mi tía solo unos meses después de la muerte de mi madre. Pensé que nada podía romperme más. Me equivoqué.
Enterramos a mamá después de una larga y cruel lucha contra el cáncer. Los últimos meses fueron lentos, silenciosos y llenos de un dolor que no podía aliviarse. Mi hermano menor y yo permanecimos junto a su cama hasta su último aliento. Le sosteníamos las manos mientras papá estaba al otro lado. Todos nos desmoronábamos, cada uno a su manera.
Pero mientras nosotros quedamos atrapados en el duelo, papá empezó a cambiar.
Unos meses después del funeral nos pidió que nos sentáramos. La voz le temblaba, tenía las manos entrelazadas como si estuviera rezando. Dijo que ya no quería vivir en una mentira. Que se había enamorado. Y que tenía que decírnoslo con honestidad.
Aquella mujer era Laura. La hermana menor de nuestra madre.
Recuerdo cómo estaba allí de pie. Pálida, temblorosa, con los ojos llenos de lágrimas. Dijo que se habían apoyado mutuamente en el momento de mayor dolor. Que compartían el mismo duelo, el mismo vacío. Y que de lo que empezó como consuelo nació algo más profundo.
—La vida es demasiado corta —nos dijo entonces.
Yo estaba en shock. No podía imaginar que algo así pudiera ocurrir tan rápido. Aún sentía el perfume de mamá en sus cosas. Aún escuchaba su voz. Aun así, me dije que quizá cada persona vive el duelo de manera distinta. Quizá esa era la forma de papá de sobrevivir.
La boda se organizó rápido. Demasiado rápido. Mantuve distancia, pero prometí que estaría allí. No por él. Por mí.
El día de la boda todo era extrañamente alegre. Los invitados reían, brindaban, felicitaban. Incluso parte de la familia parecía sinceramente feliz, como si intentaran reescribir la realidad. Laura llevaba un vestido blanco. Papá parecía tranquilo. Satisfecho.
Yo sonreía porque se esperaba que lo hiciera.

En medio del banquete alguien me tocó el hombro. Me giré. Era mi hermano. Llegó tarde, estaba empapado en sudor, con el rostro rojo y la respiración entrecortada, como si hubiera corrido sin parar. Me tomó de la mano con más fuerza de lo habitual.
—Claire, tenemos que hablar —susurró.
Me apartó, lejos de la música y las risas. Nos encerramos en un pasillo, donde hacía frío y había silencio. Me miró de una forma que nunca antes le había visto.
—Tienes que saber la verdad sobre papá —dijo—. No es quien dice ser.
Se me encogió el corazón.
—¿De qué estás hablando? —susurré.
Le temblaban las manos. Metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó un sobre. Estaba viejo, arrugado, con mi nombre escrito a mano… una letra que reconocí de inmediato.
La de mamá.
—El abogado me lo dio hoy —susurró—. Es una carta de mamá. La escribió antes de morir. Le dijo que nos la entregara… si pasaba esto.
Abrí el sobre con la sensación de que se me detenía la respiración.
Mamá escribía con calma, con una serenidad casi aterradora. Decía que había dudado mucho si debía contarnos la verdad. No quería hacernos daño. Pero sentía que no podía irse sin advertirnos.
Sabía más sobre papá de lo que imaginábamos.
Escribía que su matrimonio no era como parecía por fuera. Que papá había tenido durante años una relación secreta. No con una mujer desconocida. Con Laura. Que no empezó después de su enfermedad. Había comenzado mucho antes.
—No fue un consuelo tras mi muerte —decía la carta—. Fue una traición durante mi vida.
Mamá lo sabía. Tenía pruebas. Mensajes. Fotografías. Incluso testimonios. Cuando enfermó decidió callar. No quería romper la familia. No quería que tuviéramos que elegir bandos. Pero sabía que si después de su muerte él se casaba con Laura, la verdad debía salir a la luz.
La carta terminaba con una frase que me persigue hasta hoy:
«No lloren por mí. Ya lloré suficiente. Solo teman creer en una mentira.»
Estaba sentada en el pasillo del salón de bodas mientras el mundo a mi alrededor se derrumbaba. Las risas sonaban falsas. La música era lejana. Todo encajaba. La boda apresurada. La calma de papá. La culpa en los ojos de Laura.
No volví a la sala.
Ese día no abandoné una boda. Abandoné una ilusión.
Desde entonces ya no miro a mi padre de la misma manera. Y Laura dejó de ser familia para mí. No por con quién se casó. Sino por quién había sido mucho antes.
La verdad no llegó el día del funeral.
Llegó el día de la boda.
Y fue mucho más cruel de lo que jamás hubiera podido imaginar.