Me llamo Aarohi Sharma y tengo veinticuatro años.Cuando miro hacia atrás, tengo la sensación de que mi vida, desde la infancia, ha sido dirigida por alguien más. No por mí. No por mis sueños. Sino por el frío cálculo de una mujer que, tras la muerte de mi madre, se convirtió en mi madrastra y al mismo tiempo en la implacable administradora de nuestro destino.

Era pragmática hasta la crueldad. Consideraba los sentimientos una debilidad y el amor un lujo peligroso. A menudo me repetía una frase que recuerdo hasta hoy:
«Nunca te cases por amor. La pobreza destruye los sueños.»
De niña lo tomaba como el consejo amargo de una mujer a la que la vida había decepcionado. No sabía que un día esa frase se convertiría en una sentencia.

Tras la muerte de mi padre, salió a la luz que la casa familiar estaba cargada de enormes deudas. Corríamos el riesgo de perderlo todo. Y fue precisamente entonces cuando llegó una propuesta que en realidad no era una propuesta, sino una decisión tomada desde hacía mucho tiempo sin mí.

Todo el mundo en la ciudad conocía a Arnav Malhotra. El único heredero de una de las familias más influyentes de Jaipur. Un nombre que abría puertas a bancos, tribunales y círculos políticos. Oficialmente, tras un grave accidente ocurrido cinco años antes, estaba paralizado. Se susurraban muchas cosas sobre él: que era distante, que odiaba la compasión, que veía a las mujeres solo como parte de un acuerdo y no como seres humanos.

Mi madrastra me anunció el compromiso sin emoción alguna, como si hablara de la venta de un terreno. Me dijo que así salvaría a la familia. Que el sacrificio era un deber. Que la felicidad era una palabra sobrevalorada.

No tenía elección.

La boda se celebró en el palacio de los Malhotra, una antigua residencia con altas columnas y una historia que pesaba tanto como las joyas de oro sobre mi cuerpo. Vestía un sari rojo bordado en oro, símbolo de felicidad y fertilidad. Los invitados admiraban la ceremonia, la música, la riqueza. Nadie se preguntó qué sentía la novia.

Arnav estaba sentado a mi lado en una silla de ruedas. Su rostro era sereno, casi de piedra. No parecía débil. Más bien cerrado. Cuando nuestras miradas se cruzaron, tuve la sensación de que veía a través de mí. No me juzgaba. Pero tampoco me compadecía. Como si entendiera que yo estaba tan atrapada como él.

La noche de bodas fue silenciosa. Incómodamente silenciosa. Las paredes de nuestra habitación estaban decoradas con oro, pero el aire era pesado. Yo estaba de pie, nerviosa junto a la cama, sin saber qué decir ni qué hacer. Nadie me había preparado para lo que significaba ser la esposa de un hombre extraño, al que no había elegido por voluntad propia.

—Déjame ayudarte a acostarte —dije finalmente en voz baja, más por costumbre que por seguridad.

—No es necesario —respondió con frialdad.

Y entonces ocurrió algo que lo cambió todo.

Arnav se apoyó en el borde de la silla de ruedas e intentó ponerse de pie. Su cuerpo se tambaleó. Vi en sus ojos un destello de ira, no de miedo. Salté hacia él por instinto, sin pensar. Lo sujeté, pero ya era tarde. Perdimos el equilibrio y ambos caímos al suelo.

Yacía a su lado, con el corazón latiéndome con fuerza y el rostro ardiendo de vergüenza y de shock. Esperaba reproches. Gritos. Humillación.

En lugar de eso, escuché su respiración. Irregular. Real. Humana.

Por primera vez noté que sus piernas se tensaron levemente. No lo suficiente para levantarse. Pero sí lo bastante como para no ser una inmovilidad total. Comprendí que el accidente no le había quitado todo. Le había quitado el control. Y el orgullo.

—No se lo digas a nadie —dijo al cabo de un momento, en voz baja. No sonó como una orden. Sonó más bien como una súplica.

En ese instante algo se quebró dentro de mí. Por primera vez no vi en él al heredero rico ni a la carga que me habían impuesto. Vi a un hombre al que también le habían arrebatado algo. A un hombre atrapado en un papel, igual que yo.

Lo ayudé a volver a la silla de ruedas. Nuestras manos se tocaron. No fue un momento romántico. No fue un milagro de película. Fue un comienzo silencioso y frágil de entendimiento.

Esa caída lo cambió todo. No porque nos enamoráramos en una sola noche. Sino porque ambos comprendimos que no éramos enemigos. Éramos dos personas sacrificadas por decisiones ajenas, que podían quedarse rotas… o intentar levantarse de nuevo.

No sé qué traerá el futuro. No sé si de este matrimonio nacerá algún día el amor. Pero sé una cosa: esa noche, por primera vez, no sentí solo miedo y vacío. Sentí la verdad. Y esa verdad me dio la fuerza para dejar de ser una víctima y empezar a ser una mujer que algún día recuperará su propia vida.

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