«No estás ciego. Tu esposa te está poniendo algo en la comida…», susurró una mujer sin hogar a un hombre rico.
Y cuando más tarde decidió comprobar sus palabras y tiró la sopa por el fregadero, se quedó horrorizado por lo que descubrió.
Michael caminaba lentamente por el parque central de la ciudad costera, sujetando con fuerza la mano de su esposa. Los médicos afirmaban que su vista empeoraba por una razón inexplicable. Los resultados de las pruebas eran impecables, los exámenes normales; sin embargo, mes tras mes veía cada vez peor. Nadie podía explicar por qué.
A su lado caminaba Laura. Atenta. Tranquila. Siempre cuidadosa. Se aseguraba de que tomara los medicamentos a tiempo, de que comiera con regularidad, de que no se esforzara demasiado. De cara al exterior parecían la pareja perfecta.
En un momento dado, Michael sintió un leve toque en la frente: una pequeña mano cálida. Frente a él estaba una niña de unos diez años, vestida con una chaqueta morada descolorida. Había aparecido en silencio, casi imperceptiblemente.
Laura tensó el brazo de inmediato, forzó una sonrisa e intentó llevarse a su esposo. Pero la niña no retrocedió. Miraba a Michael directamente a los ojos, con tal concentración como si pudiera verlo a él con más claridad de la que él veía el mundo a su alrededor.

«No estás ciego», susurró tan bajo que solo él pudo oírla. «Tu esposa te está poniendo algo en la comida».
Esas palabras lo golpearon con más fuerza que cualquier diagnóstico médico.
Laura lo agarró bruscamente del brazo y casi lo arrastró lejos de allí. Aseguró que la niña estaba perturbada. Que no debía prestar atención a las mendigas. Que era una tontería.
Pero la duda ya había sido sembrada.
Esa noche, por primera vez, Michael no tocó la comida. En su lugar, observó atentamente cómo Laura cocinaba. Notó pequeños gestos: la discreta adición de polvos, el rápido movimiento al remover, la irritación cuando él hacía demasiadas preguntas.
Por la noche, vertió parte de la sopa en el fregadero. A la mañana siguiente notó algo sutil: el mundo estaba un poco más nítido. Los contornos menos borrosos.
Al día siguiente hizo lo mismo. Y luego otra vez.
Y cada vez su visión mejoraba.
Mientras tanto, Laura estaba cada vez más nerviosa. Decía que debía aumentar la dosis de los medicamentos. Que estaba jugando con su salud. Que estaba arruinando todo lo que ella intentaba salvar.
Michael anunció que se iría de viaje de trabajo por unos días. Se despidió, subió al coche… pero al poco tiempo regresó. Aparcó a cierta distancia y se escondió para poder vigilar la casa.
Quería saber la verdad.
Desde la ventana vio cómo Laura caminaba nerviosamente por la habitación. Hablaba por teléfono. Su voz era tensa y cortante. Sacaba documentos, los revisaba y volvía a guardarlos. Luego abrió un cajón y sacó un pequeño frasco: el mismo que usaba al cocinar.
A Michael se le encogió el estómago.
Lo que le había sido presentado como cuidado podía ser algo completamente distinto.
Y en ese momento comprendió que su ceguera quizá nunca había sido una enfermedad. Había sido parte de un plan.