Conocía ese camino de memoria. Lo recorría seguido, en cualquier estación, con cualquier clima. El bosque invernal alrededor de la ruta era silencioso, profundo y aparentemente infinito. Los árboles estaban muy cerca del asfalto, sus ramas dobladas por el peso de la nieve. Ese día todo estaba calmo. Una calma extraña. En la ruta casi no había nadie. Puse música, bajé un poco la calefacción y dejé que los pensamientos fluyeran. El auto iba estable; el asfalto estaba resbaloso, pero manejable. No tenía motivos para preocuparme.
Y de pronto, delante mío, se encendieron las luces de freno.
El conductor de adelante frenó tan de golpe que instintivamente pisé el freno a fondo. El auto patinó, las ruedas chirriaron y lo pasé por centímetros. El corazón me latía tan fuerte que lo sentía en la garganta.
Levanté la vista hacia la ruta y entendí por qué había frenado.
Del bosque salían lobos.
No uno, ni dos. Toda una manada. Se movían despacio, sin apuro, como si la ruta les perteneciera. Siluetas grises sobre la nieve blanca. Sus ojos brillaban con las luces de los faros. No estaban asustados. Estaban concentrados.
Me quedé paralizado.
El motor seguía en marcha, pero yo no podía moverme. Los lobos se distribuyeron por la calzada. Algunos se pararon justo delante de los autos, otros aparecían entre los árboles. La ruta se transformó en una trampa.
Uno de ellos se detuvo justo frente a mí. Era más grande que los demás. Se plantó de frente a mi auto y me miró a los ojos. Esa mirada no era salvaje. No era histérica. Era tranquila. Evaluadora.
Sentí que me miraba a través del parabrisas, directo a mí.
Intenté poner marcha atrás. En ese momento miré por el espejo retrovisor y se me heló la sangre: había más lobos detrás. A los costados. En el bosque. Estaba rodeado.
Las manos me temblaban. Apreté el volante con tanta fuerza que me dolían los nudillos. Respiraba rápido, tenía la boca seca. En la cabeza se me amontonaban pensamientos caóticos: ¿llamar a alguien? ¿tocar bocina? ¿salir corriendo?
Antes de que pudiera hacer algo, pasó.

Uno de los lobos se lanzó.
No fue un ataque descontrolado. Fue un movimiento preciso, decidido. Saltó directo al capó. El golpe fue seco y pesado. El metal crujió bajo su peso. Las garras resbalaron sobre la pintura, dejando surcos profundos. El lobo apoyó las patas delanteras en el capó y acercó el hocico al vidrio.
Su aliento empañó el parabrisas.
Emitía sonidos graves, que sentía más en el pecho que en los oídos. El vidrio vibraba levemente. Estaba tan cerca que podía ver cada detalle de su hocico, los dientes, una cicatriz sobre el ojo.
Grité.
Estaba convencido de que el siguiente segundo sería el final. Que el vidrio iba a estallar. Que iba a entrar. Que el auto se convertiría en una trampa sin salida.
Y entonces pasó algo que no esperaba.
Desde el bosque se escuchó otro sonido. Un aullido largo, profundo.
El lobo del capó se quedó inmóvil. Levantó la cabeza. Los demás dejaron de moverse. Todos se giraron en la misma dirección. La tensión cambió. Ya no era agresiva. Era de advertencia.
Al instante, entre la oscuridad de los árboles, aparecieron luces. Fuertes, altas. Un vehículo forestal.
Los lobos empezaron a retirarse. No de manera caótica, sino organizada. El que estaba sobre mi capó saltó al suelo, me miró una vez más y desapareció en el bosque. En cuestión de segundos, la ruta quedó vacía.
Me quedé sentado en el auto, incapaz de moverme. Las manos todavía me temblaban. El corazón me latía tan fuerte que no escuchaba el motor.
Más tarde, el guardabosques que bajó del vehículo me explicó que los lobos estaban empujados por el hambre y la nieve profunda. Que no atacaban: estaban probando. Que si yo hubiera salido del auto, la historia habría sido otra.
Cuando por fin retomé la marcha, manejé despacio. Sin música. Sin pensamientos.
Desde ese día, nunca más doy por sentada la calma del bosque. Y cada vez que paso por ese camino, miro los árboles de otra manera.
Porque a veces no estamos solos en la ruta. Y a veces sobrevivimos solo porque la naturaleza decide dejarnos pasar.