Siempre traté de no incomodar a nadie. Sí, soy una mujer con sobrepeso; vivo con un trastorno hormonal desde hace muchos años. Para evitar conflictos y para que todos tengan espacio suficiente, compro dos pasajes. No porque sea caprichosa, sino porque respeto el espacio de los demás.
Esta vez fue igual. Me senté en mi lugar —dos asientos junto a la ventanilla—, me puse los auriculares y me preparé para un vuelo tranquilo. Todo iba bien… hasta que apareció ella. Una chica de revista. Cintura finita, piernas largas, pantalones ajustados, top claro, peinado perfecto. Todo en ella gritaba: soy impecable.
No le presté atención, pero noté cómo frenó el paso y se detuvo a mi lado. Después resopló con desprecio:
—Puaj.
Me saqué lentamente uno de los auriculares.

—Perdón… ¿eso fue para mí?
No respondió. Solo me miró como si yo fuera una mancha en su mantel blanco perfecto.
—Yo no me voy a sentar al lado suyo —anunció en voz alta.
—No hace falta —dije tranquila—. Estos dos asientos son míos. Acá están los pasajes.
Negó con la cabeza, como si mi sola existencia la ofendiera.
—¿Cómo puede alguien dejarse estar así? ¿Se vio en el espejo?
Por un segundo, el mundo se me oscureció. Lo había escuchado mil veces —en la calle, en tiendas, en internet—, pero pocas veces así, de frente y encima dentro de la cabina de un avión, sin escapatoria.
—Tengo problemas de salud —respondí en voz baja—. Y no tengo por qué explicarle nada.
Me di vuelta hacia la ventanilla. Esperaba que se fuera. Pero siguió, con la voz tan fuerte que varios pasajeros se dieron vuelta.
—¡Gente como usted ni siquiera debería volar! ¡Es antinatural!
En ese momento se me cerró todo por dentro. Y ahí lo hice. Algo que volvería a hacer sin dudarlo ni un segundo.
Me giré despacio hacia ella. En el avión se hizo un silencio de esos que aparecen cuando algo está por pasar.
—¿Quiere que le haga caso y me bajen del avión? —pregunté con una voz calma y grave.
—¡Sí! ¡Lo exijo! —gritó—. ¡Ocupa demasiado espacio!
Sonreí. No con burla, sino con cansancio. Como alguien que decide que ya no se va a achicar más.
Abrí mi carpeta y le mostré un documento.
—Mire. Informe médico. Enfermedad hormonal. Crónica. No tengo que pedir perdón por existir.
Después le mostré el otro papel.
—Y acá está la confirmación de la aerolínea. Pagué dos asientos. Hice todo lo posible para que todos estuvieran cómodos.
La chica se puso pálida.
—Yo… yo no lo decía así…
Desde atrás habló un hombre mayor:
—Señorita, quizá debería pedir disculpas. Lo que dijo estuvo totalmente de más.
Otro pasajero asintió.
—Sea quien sea y como sea… todos tienen derecho a volar tranquilos.
La chica bajó la cabeza, pero yo todavía no había terminado.
Me incliné hacia ella:
—¿Sabe por qué está tan enojada? Porque está acostumbrada a sentirse superior. Y por primera vez se cruzó con alguien que no le tiene miedo.
La azafata se acercó:
—Señora, si vuelve a levantar la voz o a insultar a alguien, seguridad aeroportuaria la va a bajar del avión. ¿Está claro?
La chica se hundió en el asiento y no dijo una palabra más.
Cuando el avión ya estaba estable en vuelo, escuché un susurro:
—Perdón…
La miré solo un instante… y volví a mirar por la ventanilla.
Y pensé:
A veces alcanza con un solo momento de valentía para dejar de ser una víctima silenciosa.