Cuando entré en el último mes de mi embarazo, pensé que nada podría sorprenderme ya. El cuerpo estaba pesado, el sueño interrumpido, y mis pensamientos siempre giraban en torno al parto. Contaba los días, doblaba la ropa pequeña en la cómoda e imaginaba cómo sería sostener a mi bebé por primera vez en brazos. No sabía que la verdadera prueba aún estaba por llegar.
Comenzó de manera sutil. Con la sensación de que no estaba “en mi propia piel”. No era dolor, más bien una extraña inquietud interna. Me decía a mí misma que era normal. Toda futura madre tiene preocupaciones, después de todo. Pero esa sensación regresaba. Por la noche me despertaba con el corazón acelerado, y durante el día sentía que algo no estaba bien, aunque todos los controles hasta entonces habían salido bien.

Una tarde, cuando estaba sola en casa, esa sensación se convirtió en certeza. No miedo, sino una clara conciencia de que debía actuar. Llamé al hospital, aunque me sentía exageradamente cautelosa. La voz al otro lado era tranquila, profesional, y aun así sentí cómo me temblaban las manos mientras preparaba mi bolso.
En el hospital, las cosas comenzaron a moverse rápido. Exámenes, aparatos, conversaciones silenciosas entre el personal. Nadie me asustó, pero tampoco me prometieron que todo estaba bien. Me acosté en la cama y miré al techo, mientras pensamientos que intentaba alejar se agolpaban en mi mente. Pensaba en mi bebé. Solo en él.
La decisión llegó de repente. No fue dramática, fue necesaria. Los médicos actuaron con calma, pero con determinación. En ese momento comprendí lo delgada que es la línea entre el plan y la realidad. Cuán poco control tenemos a veces sobre las cosas. Y cuán profunda puede ser la confianza en extraños cuando se trata de lo más valioso.
Todo ocurrió rápido. El tiempo se fragmentó en destellos: luces, voces, sensación de presión y luego silencio. Y después… llanto. Ese sonido capaz de opacar todo lo demás. Las lágrimas recorrieron mis mejillas antes de darme cuenta de que estaba sonriendo. Fue un alivio que no se puede describir con palabras.
Los días siguientes fueron extraños. El cansancio físico se mezclaba con una sobrecarga emocional. Me di cuenta de que la maternidad no comienza en un momento ideal, sino en la capacidad de reaccionar cuando las cosas no salen según el plan. Aprendí a escucharme a mí misma. A mi cuerpo. A mi instinto.
Lo que me pasó en las últimas semanas de embarazo cambió mi vida para siempre. No porque fuera dramático, sino porque me enseñó coraje, humildad y una profunda gratitud. Ahora valoro cada día como un regalo. Y cada vez que miro a mi hijo, sé que a veces basta dar un paso más, aunque no estemos seguros — puede cambiarlo todo por completo.