Se quedó en la puerta, como si tuviera derecho a estar allí. Como si no hubieran pasado quince años.

Se quedó en la puerta, como si tuviera derecho a estar allí. Como si no hubieran pasado quince años. Su mano descansaba sobre el marco, justo donde solía apoyarla cuando llegaba tarde y trataba de hacerse el desentendido. Ese detalle me golpeó más que su sola presencia. El tiempo, en ese instante, se dobló, se rompió y me llevó de vuelta a lugares donde hacía mucho que no me atrevía a ir.

El departamento estaba en silencio, lleno de la cotidianeidad de una tarde común. La sopa hervía lentamente en la cocina, los relojes del living marcaban el tiempo con una precisión implacable. Y entonces sonó el timbre. Un sonido corriente que no tenía derecho a abrir viejas puertas en mi mente. Y, sin embargo, lo hizo.

Nos miramos. Él había envejecido, eso era evidente. Su cabello estaba más escaso, la fatiga había dejado huella en su rostro, la misma que yo recordaba demasiado bien. Pero en sus ojos seguía estando la misma expresión: una mezcla de seguridad y expectación, como si el mundo tuviera la obligación de cederle el paso. Como si nada hubiera cambiado.

No dijo nada al principio. Yo tampoco. Entre nosotros estaba el pasillo, pero en realidad era un abismo lleno de palabras no dichas, de decepciones y decisiones que ya no podían retroceder. Recordé cómo se había ido entonces. Sin explicaciones, sin despedida. Solo un departamento vacío y la sensación de que algo importante había terminado antes de que yo estuviera listo para aceptarlo.

—¿Puedo? —preguntó finalmente, inclinando ligeramente la cabeza hacia adentro. Esa pregunta llegaba tarde. Quince años tarde. Y, sin embargo, despertó en mí un viejo reflejo: dar un paso atrás, ceder espacio, acomodarme. Esta vez no lo hice.

Le dije que no sabía por qué había venido. Que la vida había seguido. Que algunas puertas se cierran no porque no haya nada bueno detrás, sino porque ya hemos pagado demasiado por lo que estaba adentro. Me escuchó en silencio, con una leve sonrisa que en otro tiempo me había resultado reconfortante.

Entonces comenzó a hablar él. Sobre regresar. Sobre errores. Sobre cómo uno no valora las cosas hasta que las pierde. Sus palabras sonaban correctas, quizás sinceras. Pero yo ya estaba en otro lugar. Quince años me habían enseñado a vivir con tardes silenciosas, con responsabilidades, conmigo mismo.

Volví a mirar su mano sobre el marco de la puerta. Me di cuenta de que ese lugar ya no le pertenecía. Ni el marco, ni el departamento, ni yo. Cerré la puerta lentamente. Sin ira. Sin triunfo. Solo con la calma que me había ganado con el tiempo.

Detrás de la puerta quedó lo que alguna vez me definió. Adentro quedó la vida que elegí. Los relojes del living seguían marcando el tiempo y la sopa en la cocina estaba lista. Y por primera vez comprendí realmente que quince años no son solo un número. Son la distancia que ya no hace falta volver a cruzar.

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