Estaba sentada en la más absoluta oscuridad y el teléfono vibraba en mi mano, como si intentara recordarme algo que había querido olvidar para siempre.

No sabía cuánto tiempo llevaba allí. La espalda apoyada contra la pared fría, las rodillas abrazadas al pecho, la respiración apenas audible. El silencio del departamento era tan denso que me presionaba los oídos. Solo el teléfono en mi palma vibraba de vez en cuando, breve y urgente, como si me arrancara de mi escondite, de aquel lugar al que me había refugiado lejos de mi propia vida.

No podía ver la pantalla, pero sabía exactamente quién llamaba. Algunas vibraciones tienen un peso propio, un ritmo único que uno nunca olvida. Cada vibración me recordaba el día en que juré no mirar atrás. Que el pasado debía quedarse donde pertenecía: tras puertas cerradas, sin llave.

Pero los recuerdos no preguntan si son bienvenidos. Llegan silenciosos, sigilosos, y se sientan a tu lado en la oscuridad. Veía destellos: un departamento vacío, vidrios rotos en el suelo, palabras que dolían más que golpes. El corazón se me encogía y el estómago se tensaba con un miedo familiar.

El teléfono vibró de nuevo. Más fuerte esta vez. Casi lo dejé caer. Mis dedos temblaban y en mi cabeza resonaba una única pregunta: ¿y si nunca nos deshacemos realmente del pasado? ¿Y si solo espera el momento en que estamos demasiado cansados para enfrentarlo de nuevo?

Cerré los ojos, aunque alrededor mío ya no había nada que cerrar. La oscuridad estaba en todas partes —afuera y dentro de mí—. Y aun así, sentí que ese teléfono vibrante no era solo una amenaza. También era un recordatorio de que sobreviví. De que me levanté desde el fondo y pude seguir adelante, aunque las cicatrices quedaran.

En ese instante, las vibraciones cesaron. El silencio volvió, pero ya no era el mismo. Aun sostenía el teléfono en mi mano, pesado como la decisión que había postergado. Tal vez no quería olvidar. Tal vez solo tenía miedo de recordar demasiado claramente.

Me quedé sentada en la oscuridad mucho tiempo después. No esperaba que volviera a sonar. Esperaba el coraje —para levantarme, encender la luz y admitir que algunas cosas no se pueden borrar. Solo se puede aprender a vivir con ellas.

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