Mason siguió a la chica entre las grises lápidas, y en su mente rugía una tormenta de miedo y esperanza que le oprimía el pecho con cada paso

Mason siguió a la chica entre las grises lápidas, y en su mente rugía una tormenta de miedo y esperanza que le oprimía el pecho con cada paso. El cementerio estaba en silencio, de un modo casi antinatural, y el aire húmedo se mantenía bajo, pegado al suelo. Las losas de piedra bordeaban los senderos estrechos como testigos mudos de vidas pasadas, y Mason tenía la sensación de que observaban cada uno de sus movimientos. Aun así, siguió adelante, porque sabía que si se detenía ahora, ya no volvería a decidirse.

La chica caminaba unos metros delante de él. Su silueta se perdía a veces entre las lápidas, pero Mason no la perdía de vista. No la conocía desde hacía mucho, y aun así había conseguido despertar en él emociones que hasta entonces no se había permitido nombrar. Se habían encontrado por casualidad, el día en que ambos acudieron a despedirse de alguien a quien cada uno había perdido de una manera distinta. Desde entonces, entre ellos pendía una pregunta no dicha, algo que hoy por fin podía encontrar respuesta.

El viento se levantó y agitó las hojas secas al pie de las tumbas. A Mason le asaltaron las dudas. ¿Y si se equivocaba? ¿Y si había interpretado mal su silencio? El cementerio no era un lugar para confesiones ni para esperanzas, y sin embargo allí sentía que la verdad no podía seguir oculta. La muerte a su alrededor, de forma paradójica, intensificaba el deseo de vida, de cercanía, de la valentía necesaria para decir aquello que llevaba tanto tiempo callando.

Se detuvo junto a una de las lápidas y se giró lentamente. Su mirada era serena, pero profunda, como si ella también librara su propia batalla interior. Mason respiró hondo y dio el último paso. Las palabras se le agolpaban en los labios, pero dudó un instante. El silencio entre ellos no estaba vacío; estaba cargado de significado y expectación.

Cuando por fin habló, su voz fue más baja de lo que esperaba, pero firme. Habló de la pérdida, de la soledad, de lo difícil que es seguir adelante cuando el pasado no deja de hacerse oír. Confesó que en ella había encontrado algo que le recordaba que el dolor no tiene por qué ser definitivo. La chica lo escuchó sin interrumpirlo, y en sus ojos apareció una comprensión que tranquilizó a Mason más que cualquier respuesta.

Cuando ella respondió, no fueron grandes palabras ni gestos dramáticos. Fue sinceridad, silenciosa y clara. Admitió que también sentía miedo, pero que la esperanza que veía en él era más fuerte. Entre las grises lápidas, rodeados de recuerdos de finales, ambos comprendieron que estaban al comienzo de algo nuevo.

La tormenta en la cabeza de Mason fue calmándose poco a poco. El miedo no desapareció por completo, pero ya no dominaba. La esperanza tomó una forma más sólida y, con cada respiración, se volvía más real. Cuando emprendieron juntos el camino de regreso, el cementerio ya no parecía tan frío. Seguía siendo un lugar de silencio, pero también un lugar donde Mason se permitió por primera vez creer que incluso entre piedras y sombras puede nacer una nue

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