…contuve la respiración con tanta fuerza que me dolieron los pulmones. Lina me apretaba la mano; sus dedos estaban helados, pero firmes. El picaporte se movió solo un poco. Luego se detuvo.
—¿Sophie? —repitió la voz. Ahora era más baja. Demasiado tranquila.
Desde fuera se oyeron pasos lentos. El hombre se rindió con el armario… por ahora. Lo escuché pasar por la cocina, tocar los muebles como si comprobara que eran reales. Cada uno de sus movimientos era calculado. No sonaba como alguien confundido. Sonaba como alguien que sabía que tenía tiempo.
Sin decir una sola palabra, Lina se llevó un dedo a los labios y luego escribió tres letras en la palma de mi mano:
N O.
No “no abras”. No “no vayas”. Solo un simple “no”.
Desde la sala se oyó un tintineo: había cogido las llaves de Julien. Las auténticas. Lo escuché hacerlas girar en la mano.
—Qué extraño —murmuró—. Siempre cierras con llave.
En ese momento lo comprendí. Me conocía. Conocía nuestro piso. Conocía las costumbres de Julien.
El teléfono volvió a vibrar. Esta vez, una llamada. Julien.
No me atreví a contestar. El hombre lo oiría.
Lina se inclinó hacia mí y susurró apenas audible:
—Mamá… ¿recuerdas cuando te dije que ese señor cerca del colegio siempre preguntaba por papá?
El corazón me dio un vuelco.
Entonces lo tomé como una fantasía infantil. Sonreí, le acaricié el pelo y le dije que se lo estaba inventando.
Los pasos se detuvieron justo delante del armario.

—Lina —dijo la voz con dulzura. Demasiada dulzura—. Sé que me oyes.
La mano volvió a tocar el picaporte.
En ese instante, afuera se oyó un frenazo brusco. La puerta de un taxi. Pasos rápidos en la escalera. Pasos reales. Pesados. Irregulares.
—¡Sophie! —se oyó la voz de Julien—. Real. Cansada. Sin aliento.
El hombre frente al armario se quedó inmóvil.
Y entonces hizo algo que hasta hoy me provoca pesadillas.
Rió en silencio.
—Demasiado tarde —susurró… y soltó el picaporte.
Lo oí desplazarse rápidamente hacia la puerta. Intentaba desaparecer antes de que se encontraran cara a cara.
La puerta se abrió de golpe.
—¡¿Quién demonios es usted?! —gritó Julien.
Se oyó un golpe. El sonido de un cuerpo chocando contra la pared. Un forcejeo breve. Lina me apretó la mano con tanta fuerza que me dolió.
Luego, silencio.
Cuando por fin abrí el armario, Julien estaba de pie en medio de la cocina, temblando, con una chaqueta ajena en la mano. El hombre había desaparecido. La ventana del recibidor estaba abierta de par en par.
—Ese hombre… —susurré—. Se parecía a ti.
Julien palideció.
—Lo sé —dijo—. Por eso quería llamarte. Alguien me miraba el teléfono en el aeropuerto. Con demasiada atención.
Lina se acercó a él y lo abrazó con fuerza.
—Yo sabía que no era papá —dijo en voz baja.
La policía nunca encontró a ese hombre. Pero una semana después recibimos una carta. Sin firma. Solo una frase:
«Los niños siempre reconocen la verdad antes que los adultos».
Desde entonces cerramos con llave. Siempre.
Y cuando alguien llama a la puerta, Lina me mira primero a mí.