Aquel día cumplí noventa y siete años.

Aquel día cumplí noventa y siete años. Y por primera vez en muchos años me di cuenta de que el mundo apenas sabía de mí. No es que me hubiera olvidado —más bien, poco a poco me fui desvaneciendo de él. Como una vieja nota escrita al margen de un libro que ya nadie abre. Estaba sentado junto a la ventana de mi pequeño apartamento, observando la calle por la que antes caminaba con paso rápido, la cabeza llena de planes y los bolsillos llenos de sueños.

El cumpleaños no tuvo nada de festivo. No hubo globos ni un pastel con velas. Solo una taza de té que ya no sabía tan bien como antes, y un silencio que me conocía mejor que nadie. El teléfono no sonó. No porque la gente fuera cruel, sino porque ya no estaba. Los amigos se fueron uno a uno, la familia se dispersó por ciudades y continentes, y yo me quedé en el mismo lugar mientras el mundo siguió adelante.

Los recuerdos llegaban solos. No los grandes momentos gloriosos, sino los pequeños detalles: el olor de la tierra mojada después de la lluvia, la risa de la mujer que amé, el sonido del tren en el que viajé por primera vez solo. Mi vida no se proyectaba como una película, sino como una serie de imágenes silenciosas, sin marco. Me di cuenta de cuántas cosas había hecho bien y cuántas había hecho mal, y de que ambas me habían llevado hasta aquí.

Hubo un tiempo en que fui alguien. No famoso, no extraordinario, pero visible. Tenía un trabajo que tenía sentido, la gente acudía a mí con preguntas, alguien me necesitaba. Hoy ya nadie me necesita. Y, aun así, estoy aquí. Respiro, pienso, siento. Eso en sí mismo es una forma extraña de existencia: estar, aunque nadie sepa de ti.

Lo que más me sorprendió fue que esa sensación no doliera tanto como esperaba. No había ira ni arrepentimiento. Más bien una aceptación serena. Tal vez toda mi vida me dirigía hacia este punto sin saberlo. Hacia el momento en que una persona se encuentra consigo misma, sin público, sin testigos.

Cuando afuera anocheció, encendí la lámpara. Su luz era débil, pero suficiente. Pensé que quizá el mundo no sabía de mí, pero eso no significaba que mi vida no hubiera tenido sentido. Mis pasos dejaron huellas en la vida de otras personas, aunque ya nadie las recuerde. Y eso está bien.

Aquel día cumplí noventa y siete años. Y por primera vez comprendí que ser invisible no significa estar vacío. Solo significa que la historia ya no se cuenta en voz alta… pero sigue existiendo. Aquí, dentro de mí.

Добавить комментарий

Ваш адрес email не будет опубликован. Обязательные поля помечены *