Tengo cuarenta y un años. Mi primer esposo, Peter, murió hace seis años en un accidente de coche que dividió mi vida en un “antes” y un “después”.

Tengo cuarenta y un años. Mi primer esposo, Peter, murió hace seis años en un accidente de coche que dividió mi vida en un “antes” y un “después”. No fue solo la pérdida del hombre que amaba. Con él también desapareció la versión de mí misma que creía que el futuro era algo que se podía planear.

Recuerdo aquel día con un doloroso nivel de detalle. Una mañana normal, un desayuno rápido, una breve discusión por tonterías. Se fue diciendo que nos veríamos por la noche. Esa frase todavía regresa a mi mente cada vez que escucho a alguien despedirse con las mismas palabras. Esa noche no volvió. En su lugar sonó el teléfono y el mundo se redujo de repente a una sola frase que durante mucho tiempo no fui capaz de comprender.

Los primeros meses después de su muerte fueron confusos. Funcionaba en modo automático: levantarme, trabajar, responder a la gente que decía que todo mejoraría. No sabía qué contestarles. ¿Cómo explicar que “mejor” no era un objetivo que pudiera aceptar entonces? Que lo único que quería era volver a lo que había sido, aunque ya no fuera posible.

El tiempo lo cambió todo, pero no de la manera que esperaba. El dolor no se hizo más pequeño, solo cambió de forma. Dejó de ser punzante y se convirtió en un compañero silencioso. Aprendí a vivir con él, a planificar a su alrededor, a tenerlo en cuenta en las decisiones importantes. Peter siguió siendo parte de mi vida, aunque físicamente ya no estuviera.

Con los años me di cuenta de que vivía de otra manera. Con más cautela. Aprecio mucho más los días tranquilos, las conversaciones sencillas, los momentos que antes habrían pasado desapercibidos. Ya no dejo las cosas para “algún día”. Sé lo frágil que es ese “algún día”. Aprendí a decirle a la gente que la quiero, aunque a veces suene torpe.

Volví a reír, volví a ilusionarme. Eso no significa que haya olvidado. Significa que sobreviví. Que acepté que la vida después de una pérdida no es una traición al pasado, sino su continuación bajo otra forma.

Tengo cuarenta y un años. Llevo dentro de mí una historia que nunca habría elegido, pero que me ha formado. Mi vida tiene una frontera clara entre el “antes” y el “después”. Y aun así, a pesar de todo, sigue adelante. Diferente, más profunda, quizá más silenciosa… pero sigue siendo mía.

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