Nunca habría creído que un simple timbrazo en la puerta pudiera sacudir tanto los nervios. Aquel sonido fue breve, agudo y completamente normal, y aun así me recorrió el cuerpo como una ola helada. La taza de té me tembló levemente en la mano y me quedé de pie en medio de la cocina, incapaz de moverme.
Era una noche tranquila. En el piso solo estaba encendida una pequeña lámpara, afuera llovía y la lluvia golpeaba suavemente el alféizar. Nada indicaba que fuera a suceder algo inesperado. Precisamente por eso aquel timbrazo me desestabilizó. Me recordó lo fina que es la línea entre el silencio y la interrupción.
El timbre sonó de nuevo, esta vez con un matiz de impaciencia. El corazón se me aceleró y en la cabeza empezó a girar un torbellino de preguntas. ¿Quién podría venir tan tarde? ¿Había hecho algo mal? ¿Había olvidado algo importante? El tiempo se ralentizó y cada paso hacia la puerta era más pesado que el anterior.

Mientras avanzaba por el pasillo, me di cuenta de que ese miedo no era del todo nuevo. No era miedo a la visita, sino a lo inesperado. A que alguien o algo rompiera la sensación de seguridad que había construido con tanto cuidado. La puerta siempre había sido la frontera entre mi mundo y todo lo demás.
Cuando puse la mano en el picaporte, me detuve. Por un instante cerré los ojos y respiré hondo. Me di cuenta de cuánto había cambiado. Antes habría abierto sin pensarlo. Ahora dudaba, cautelosa, tensa.
Abrí. En el rellano estaba el vecino, con un paquete en la mano y una sonrisa de disculpa. Nada dramático. Ninguna amenaza. Solo un error en la entrega. El alivio que me inundó fue casi vergonzoso.
Cerré la puerta y me apoyé en ella. Me reí en silencio de mí misma, pero al mismo tiempo sentía que las piernas aún me flaqueaban un poco. Aquel timbrazo no había sido solo un sonido. Había sido un recordatorio de que algunas experiencias permanecen en nosotros más tiempo del que quisiéramos.
Nunca habría creído que un simple timbrazo en la puerta pudiera sacudir los nervios con tanta fuerza. Pero aquella noche me enseñó que la sensibilidad no es una debilidad. Es solo la prueba de que somos conscientes de lo que ya hemos vivido — y de que protegemos nuestra calma lo mejor que sabemos.