Mi madre se aferró al marco de la puerta en un instante, con tanta fuerza como si una descarga eléctrica le hubiera atravesado el cuerpo.

Mi madre se aferró al marco de la puerta en un instante, con tanta fuerza como si una descarga eléctrica le hubiera atravesado el cuerpo. El movimiento fue brusco, instintivo, casi violento. Su mano salió disparada antes de que ella misma pudiera darse cuenta, y todo su cuerpo se tensó, como si intentara evitar una caída que no venía del exterior.

Yo estaba a solo unos pasos de ella y, al principio, no entendía qué estaba pasando. No hubo ningún golpe, ningún grito. Solo silencio, de repente pesado e inquietante. Mi madre miraba hacia la habitación que tenía delante, pero era evidente que no veía lo mismo que yo. Su mirada se dirigía mucho más lejos, hacia algún lugar profundo en su interior.

Sus dedos se clavaban en la madera, los nudillos se le pusieron blancos y la respiración se le quedó atrapada. La llamé por su nombre, pero reaccionó solo después de unos segundos. Como si tuviera que regresar de un lugar al que algo la había arrastrado de repente. Cuando por fin se movió, lo hizo despacio, con cautela, como si cualquier gesto pudiera desatar otra ola de dolor.

Se sentó en una silla y guardó silencio durante mucho tiempo. En la habitación solo se oían el viejo reloj y los sonidos apagados de la calle. Al cabo de un rato dijo que “algo la había golpeado”. No físicamente. Un recuerdo. Una sensación. El regreso de algo que debía haber permanecido cerrado. No necesité más explicaciones: sabía que había tocado un pasado que nunca la había abandonado del todo.

Entonces comprendí lo poco que realmente sabemos de nuestros padres. Vemos su fortaleza, su calma cotidiana, pero no vemos los momentos en que bajo sus pies se abre un viejo abismo. La casa en la que estábamos estaba llena de esos lugares ocultos: rincones de la memoria donde se asentaron hechos de los que no se habla.

Me quedé a su lado y no dije nada. Aprendí que a veces no hacen falta palabras. Basta la presencia. Poco a poco su respiración se calmó, su mano dejó de temblar y sus hombros se relajaron. Aun así, sentí que algo de aquel momento permanecía en ella.

Cuando se levantó y por fin soltó el marco de la puerta, volvió a parecer tranquila. Pero yo sabía que esa calma era frágil. Que a veces basta una mirada, un olor o la luz a cierta hora para que el pasado vuelva a hacerse presente.

Mi madre dio un paso adelante. Y yo comprendí que el valor a veces no consiste en seguir adelante sin miedo, sino en seguir adelante aun cuando el miedo permanece.

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