Salió volando como siempre: llena de vida, llena de alegría. Pero esta vez Luna no volvió. Su corazón se detuvo. Y con él, también se rompió el mío.

Salió volando como siempre: llena de vida, llena de alegría. Pero esta vez Luna no volvió. Su corazón se detuvo. Y con él, también se rompió el mío.
Salió disparada, dio una vuelta en el aire. Era rápida como un rayo. Luna. Siempre lista para salir, siempre entusiasmada, siempre llena de vida. El palo apenas tocó el suelo cuando salió corriendo detrás. Era nuestra rutina, un juego de siempre que nos unía sin palabras. Pero esta vez no volvió. Esta vez fue el final.
Quedó tendida. Sin respirar. Sin moverse. Sin explicación. Su corazón se detuvo. Y en ese mismo instante, el mío también.

Cuando le decís a alguien que tu perro era más que un animal, pocos lo entienden. Pero quienes vivieron ese vínculo especial entre una persona y su perro, lo saben. Luna era mi apoyo. Mi motivo para levantarme de la cama en los días oscuros. Era mi compañera cuando no quedaba nadie más. Mi testigo silencioso, mi alegría, mi milagro cotidiano.

Recuerdo cuando la vi por primera vez. Era chiquita, inquieta, impaciente. Y yo estaba rota. No estaba buscando un perro: estaba buscando un sentido. Y lo encontré en ella. Ya entonces sentía que era especial. Pero no sabía cuánto iba a transformarme.

Luna me enseñó que incluso en los momentos más oscuros existe la luz. Que aun en la soledad puede haber conexión. Que el amor no necesita hablar para ser escuchado.

Vivió todo conmigo. Mis subidas y mis caídas. Mudanzas, separaciones, nuevos comienzos. Se sentaba a mi lado cuando lloraba. Se me subía al regazo cuando reía. Y siempre estaba lista para correr, sin importar el clima, el ánimo o la hora.

Y ahora no está. La correa cuelga inmóvil junto a la puerta. El plato sigue intacto. Y el hogar, que estaba lleno de su presencia, de repente quedó vacío.

Tal vez alguien diga que es solo un perro. Pero para mí era el mundo entero en cuatro patas. Y ahora ese mundo se derrumbó.

Escribo estas líneas porque sé que no estoy sola. Sé que hay miles de personas que vivieron ese dolor al perder a su amigo peludo. Y aun así, casi no hablamos de eso. Como si fuera algo que hay que pasar en silencio. Pero una pérdida es una pérdida, sin importar de quién era ese corazón que nos amó.

Quiero que Luna no sea olvidada. Quiero que su historia siga viva. No como una tragedia, sino como prueba de que el amor existe incluso en las formas más pequeñas: en un hocico mojado, en un ladrido entusiasmado, en el calor de una patita sobre la mano.

Estoy aprendiendo a respirar de nuevo. A volver a caminar por los lugares donde corríamos juntas. A vivir sin su presencia, pero con su recuerdo. Porque Luna no desapareció. Se quedó en mí. En cada mirada a la hierba de la mañana. En cada ráfaga de viento que me recuerda su aliento. En cada momento de silencio en el que antes escuchaba sus pasos.

Es difícil decir adiós. Todavía más difícil aceptarlo. Pero sé que ella no querría que yo llorara para siempre. Luna vivió a pleno: cada día, cada minuto. Y eso me enseña a seguir.

Gracias, Luna. Por todo. Por cada instante que me regalaste. Fuiste más que un perro. Fuiste mi familia, mi apoyo, mi ángel en la Tierra.

Dormí en paz, mi tesoro. Y cuando algún día llegue mi hora, voy a confiar en que en algún lugar, al otro lado del puente del arcoíris, vuelvas corriendo a recibirme. Con el mismo entusiasmo con el que corrías detrás del palo. Y esta vez, ya no voy a volver sin vos.

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