En el momento en que mamá sacó aquel objeto extraño del cajón de papá, un escalofrío helado me recorrió la espalda. No entendía por qué escondía algo así. ¿Para qué lo usaba? ¿Y por qué nunca se había mencionado ni una sola palabra al respecto? Mis pensamientos se dispararon en todas direcciones, dibujando los escenarios más oscuros posibles. Sin embargo, la verdad que finalmente descubrimos fue aún más inquietante que todas mis suposiciones.
El pequeño cilindro metálico que mamá colocó sobre la mesa no parecía nada especial a primera vista. Aun así, había a su alrededor una sombra inexplicable. Mamá lo sostenía entre los dedos con tal cuidado, como si temiera que un solo movimiento en falso pudiera activar algo.
—¿Sabías que tenía esto? —preguntó casi en un susurro, con la voz temblorosa.
Negué con la cabeza. No. Papá tenía sus secretos, pero nunca se me ocurrió que escondiera algo tan extraño. Siempre fue callado, reservado, a veces demasiado. Pero ¿esto… por qué?
Cuando el cilindro cayó sobre la mesa, se oyó un leve sonido metálico. Bajo la luz de la lámpara se distinguían pequeños arañazos en la superficie, como si alguien lo hubiera usado con frecuencia… o intentado borrar rastros.
El corazón me latía con tanta fuerza que me dolía.
Tomé el objeto con la mano. Era más pesado de lo que esperaba. Al moverlo, algo en su interior vibró levemente, casi imperceptible, pero lo suficiente como para erizarme la piel. Entonces noté algo que mamá había pasado por alto: una inscripción diminuta, casi borrada por el tiempo.
Era una fecha.
Septiembre.
Se me encogió el estómago. Aquella fecha se unió de inmediato, de forma inquietante, a un recuerdo muy concreto.
Fue exactamente el día en que papá desapareció durante horas. Inalcanzable, sin una sola explicación. Volvió entrada la noche, pálido, irritable y nervioso. Dijo que había estado en el trabajo y que había ocurrido “algo inesperado”. En aquel momento lo aceptamos, aunque con el corazón encogido.
Ahora todo empezaba a tener un sentido completamente distinto.
—Lo voy a abrir —anuncié en voz baja, aunque se me quebraba la voz.
Mamá estiró la mano como para detenerme, pero no me convenció. Necesitaba saber más.
Dentro del mecanismo metálico algo hizo clic. El cilindro se abrió lentamente en dos mitades.
Y dentro… había algo que nos dejó a las dos completamente paralizadas.
Era una fotografía antigua. Amarillenta, ligeramente rasgada, pero lo bastante clara como para golpearnos de lleno.
En la imagen estaba papá.
Y a su lado, una mujer desconocida, a la que nunca habíamos visto. Estaba demasiado cerca de él. Y él… tenía una expresión que jamás mostró en casa.
Pero eso no era lo peor.

El fondo de la fotografía: un almacén en ruinas junto al puerto.
Un almacén del que papá decía que no había vuelto a pisar en años. Un lugar ligado a hechos de los que en casa solo se hablaba en susurros… y casi nunca.
Sentí cómo el miedo me cerraba el estómago.
Le di la vuelta a la foto. En el reverso había un texto garabateado a toda prisa:
«Hoy lo cerraremos. Sin errores. No como la última vez».
Por un instante, el corazón se me detuvo.
¿La última vez?
¿Qué había pasado entonces?
¿Y qué pensaban “cerrar” esta vez?
Mamá se sentó, como si las piernas ya no la sostuvieran.
—Nos mintió… todo este tiempo —susurró.
En ese momento, toda la imagen de la familia que tenía en la cabeza se vino abajo. Toda la confianza, todas las ideas sobre su pasado… todo se hizo pedazos.
Pero aún no era el final.
En el fondo del cajón, escondido bajo un montón de papeles viejos, había otro objeto más. Aún más pequeño que el primero. De aspecto inocente, casi fácil de pasar por alto.
Pero cuando lo vi… supe que sería precisamente ese el que revelaría toda la verdad.
Una verdad tras la cual ya no habría vuelta atrás.