Mi jefe me despidió sin darme ninguna explicación. No dijo ni una sola palabra.

Solo me miró con una expresión firme y helada, como si llevara esa decisión en la cabeza desde hacía mucho tiempo. Me quedé parado frente a su escritorio, completamente aturdido. Ni una señal, ni una advertencia. Nada. El silencio entre nosotros pesaba más que cualquier acusación. Y, aun así, no era el final. Lo más extraño todavía estaba por venir.

Cuando salí de la oficina, noté que me temblaban las manos. El pasillo de repente parecía interminable y el aire, pesado. En mi cabeza repasaba las últimas semanas: ¿había cometido algún error? ¿Dije algo inapropiado? ¿Alguien estaba disconforme? Pero nada de eso había pasado. Mi trabajo siempre había sido correcto.

Y aun así me echaron en un minuto, sin piedad.

En el estacionamiento me quedé sentado en el auto más de una hora. No podía arrancar. El teléfono en silencio. Ni mensajes, ni llamadas. Sentía como si de golpe me hubieran sacado el piso de debajo de los pies. Tenía que haber un motivo que me estaban ocultando.

Esa noche llegó el primer golpe de verdad.

Cuando llegué a casa, encontré en el buzón un sobre grueso. Sin remitente, sin ninguna marca. Al instante me generó inquietud. Lo abrí ahí mismo, en el pasillo.

Adentro había una sola fotografía.

En ella estaba mi ex jefe, sentado en la terraza de un barcito, y frente a él un hombre al que no veía desde hacía siete años. Mi ex socio. El mismo que un día desapareció sin decir palabra, poco después de que una suma importante de dinero se esfumara de nuestra cuenta compartida. Siempre creí que me había traicionado y se había escapado. Jamás imaginé que volvería a verlo.

Y ahora estaba sentado a la mesa con la persona que acababa de despedirme.

En el dorso de la foto había una frase escrita con marcador negro:
“Tenés que saber la verdad. Esto recién empieza.”

Me quedé parado con la foto en la mano y una presión desagradable latiéndome en el pecho. De repente, todo se veía distinto. Mi despido no había sido una casualidad. Era un paso dentro del plan de alguien, un plan en el que yo estaba siendo arrastrado.

¿Por qué ese hombre aparecía justo ahora? ¿Desde cuándo se conocían con mi jefe? ¿Y quién había sacado la foto? ¿Había sido él mismo o alguien más? ¿Y por qué me la mandaron a mí?

Me senté a la mesa y empecé a mirar la fotografía una y otra vez. Y entonces noté un detalle que antes se me había pasado. En el reflejo del vidrio del bar se veía la silueta borrosa de la persona que estaba sacando la foto. Estaba muy cerca. Lo suficientemente cerca como para escuchar de qué hablaban.

Esa noche no dormí. Me quedé inmóvil, tratando de entender qué estaba pasando realmente a mi alrededor.

A la mañana siguiente, exactamente a las 9:17, sonó el teléfono. Número desconocido. Sin prefijo, sin posibilidad de rastrearlo. Dudé un momento, pero atendí.

Del otro lado se escuchó una voz baja, apagada:

—No busques explicaciones donde no las hay. Seguí las pistas que van a aparecer. Y no le digas nada a nadie. No fue solo un despido. Fue una advertencia.

La llamada se cortó de inmediato.

Cuando miré el historial, el número no estaba. Había desaparecido. Como si la llamada nunca hubiera existido.

En ese momento entendí que estaba al borde de algo mucho más grande. Mi ex socio, mi jefe, la foto tomada en secreto, la llamada misteriosa… todo eso era solo la superficie. Algo mucho más oscuro se escondía debajo.

Y en lugar de miedo, sentí bronca. Querían silenciarme. Querían que desapareciera, que bajara la cabeza y no hiciera preguntas.

Pero decidí hacer exactamente lo contrario.

Lo que descubrí después fue mucho más aterrador que el despido en sí.

Y de verdad… recién era el comienzo.

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